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Teoría castrista del Narcorégimen | Por Daniel Lara F.

El narcorégimen, de Cuba para el mundo. Los buenos alumnos, al mando. 20/08/2017 11:07 AM

Daniel Lara Farías

Editor de La Cabilla. Internacionalista de formación y comunicador por vocación. Conduce el programa radial Y Así Nos Va por RCR 750AM de lunes a viernes a las 4 PM. En twitter es @DLaraF

I

Corría el año 2001 y yo era un estudiante de la escuela de Estudios Internacionales de la UCV. Como cursante del seminario electivo sobre Colombia, me correspondía estar en un aula de clases con 2 profesores a la vez: el recientemente fallecido Domingo Alberto Rangel y el ilustre comodín de la Cancillería chavista, embajador en cuanto destino fallido se necesite, Antonio Montilla, a la sazón, ex director de la escuela. Ambos personajes disertaban, más el primero que el segundo, sobre la política colombiana y sus vinculaciones con Venezuela. De vez en cuando, invitaban a algún personaje a conversar sobre el asunto y un día, invitaron a un personaje, de nacionalidad colombiana, que fungía en ese entonces como uno de los representantes oficiosos de las FARC en nuestro país. Sí, las FARC tenían (y tienen) representantes en el país. Sí, los invitan a las universidades, ciertos profesores. Y por ahí andan, disfrazados a veces de vallenateros, vendedores de papas rellenas, etc. El personaje al que me refiero, por cierto, estaba acompañado por un señor al que presentaron como “vallenatero revolucionario”, de apellido garciamarquiano: Iguarán.

Eran los años del “Proceso de Paz” de Pastrana y de la “Zona de despeje” del Caguán, donde se le dejó a las FARC el control de toda una porción de territorio colombiano al grupo guerrillero, para que se sintieran cómodos en su labor de “negociación” con el gobierno.

A alguien se le ocurrió preguntarle al tipo de las FARC por la vinculación de ese grupo con el narcotráfico y la respuesta fue, palabras más, palabras menos: Sí, nosotros traficamos con drogas por una doble razón revolucionaria. Por un lado, le dañamos la juventud y la sociedad a los gringos y por otro lado recibimos dinero a cambio de eso. Y con ese dinero, financiamos la guerra.

Esa clase causó un gran escándalo en la escuela, porque después al tipo lo llevaron a un auditorio más grande, donde repitió esa y otras verdades crudas y asquerosas. En esa clase, Domingo Alberto me mandó a callar cuando lo interrumpí en medio de su disertación, donde le pedía al tipo que “si llegase a ocurrir una embestida de la derecha contra el gobierno, que las FARC cruce el Arauca vibrador y nos ayude a combatir”. No me lo contaron. Lo viví.

II

El arranque de sinceridad del representante de las FARC que narré, no es un mito. Esa es la tesis fundamental de las fuerzas guerrilleras colombianas. Y esa tesis quien la inventó fue el padre de la maldad en Latinoamérica. Fidel Castro es el teórico de la ética revolucionaria narcotraficante: venderle el perico con el que se envenenan los gringos, recibiendo a cambio el dinero con el que financiarás el combate contra los gringos. Una teoría perversamente inteligente, dicho sea de paso, porque es una de esas cosas de Fidel, donde se sustenta una maldad con un fin noble. En este caso, el fin noble es la destrucción de los EEUU. La maldad no es tan mala si persigue un fin “revolucionario”.

Fidel inventó esa tesis bien temprano en los años 80 del siglo pasado, cuando empezaba a ponerse difícil la cosa para seguir financiando guerras fuera de Cuba, disfrazadas de “misiones internacionalistas”. Ya se estaba poniendo duro el bodeguero soviético, más reacio a andarle fiando a los cubanos. Ya se resquebrajaba el bando soviético, que poco a poco se lanzaría a las aventuras de Polonia y las reformas de Lech Walesa, y a la Perestroika de Gorbachov. Y ya crecía el poder del narcotraficante colombiano Pablo Escobar y su Cartel de Medellín, impulsado por la merma de la actividad de los carteles mexicanos que dominaban el mercado gringo, acosados por la acción policial.

¿Quién mejor que los gobiernos “revolucionarios” cercanos a Colombia y a los EEUU para ser trampolín de la cocaína del Cartel colombiano?

La tesis castrista la compró, sin dudar, el dictador panameño Manuel Noriega, quien controlaba nada más y nada menos que el canal interoceánico. La compraron en Centroamérica los gobiernos parias de Nicaragua y Honduras. Y en Cuba, Fidel le asignó la tarea a sus mejores hombres.

III

Hablemos del militar más condecorado en la historia Cuba: el General Arnaldo Ochoa. Le habían asignado el título de “Héroe de Cuba” por su participación en las guerras de Somalia, Angola e inclusive en sus actividades de apoyo a las guerrillas de Venezuela, en los años 60. Fue él uno de los cubanos que invadió nuestro país, por el estado Falcón, en el grupo dirigido por Luben Petkoff. Fue él uno de los más arrojados militares cubanos.

Pero Cuba dejó de ser la de siempre para los revolucionarios, cuando la URSS empezó a mermar y el embargo de los EEUU se hacía sentir más. Para combatir contra el embargo, que se hacía más difícil a medida que mermaban los recursos de la alicaída Unión Soviética, se crea el Departamento de Moneda Convertible (MC), que se encargaría de conseguir divisas para adquirir los productos necesarios para la subsistencia de la revolución: desde comida hasta armas. Ahí se comerciaba, muchas veces ilícitamente, por mecanismos no convencionales, para obtener los dólares que necesitaba el castrismo. En ese departamento, el máximo responsable era el coronel Antonio “Tony” de la Guardia, también héroe de guerra, y también ex comandante de guerrillas en Venezuela.

Tony de la Guardia consiguió el contacto con el narco colombiano. José Abrantes, Ministro del Interior, lo dejó hacer. Los dólares llegaban, se cambiaba cocaína por marfil y diamantes del África en guerra que dirigía Ochoa, se trasegaba marihuana y cocaína frente a las costas de Miami en aguas cubanas. Todos ganaban. El departamento de Moneda Convetible funcionaba en Panamá. Y EEUU grababa, fotografiaba y documentaba todo cuanto ocurría.

Un día, con bombo y platillo, EEUU acusó al General Manuel Antonio Noriega, presidente de Panamá, de narcotraficante. Él hacía lo mismo que hacían los cubanos, con el pequeño detalle de que no presidía un país en guerra con EEUU sino controlado por EEUU. Además, se convirtió en un problemita, porque a los gringos les encanta el perico pero les molesta la sangre. Cifras conservadoras hablan de un 10% de la población de los EEUU consumiendo drogas, pero a esa misma población le molesta saber que con apoyo de su gobierno, anda un matón dirigiendo un país, matando gente y torturando disidentes. Los mariguaneros y periqueros gringos son tradicionalmente anti violencia, anti sistema y anti imperialistas. Cosas de las sociedades sajonas. Qué problema.

Noriega vendía perico a los gringos pero mataba panameños. Eso se convirtió en un problema y evidentemente, hubo que mandarle a la postre a los marines, pedirle cortésmente que se entregara, ametrallarle la facha de palacio, hacerlo correr hasta la Nunciatura Apostólica de donde finalmente salió por sus propios medios, luego de una interesante jornada donde le colocaban a todo volumen discos completos de heavy metal, para torturarle sus oídos y quebrarle el ánimo logrando su entrega. Gracias a Iron Maiden, el imperio tumbó a Noriega, le echó agua a las panelas de cocaína y se permitió que se gobernara de otra manera a Panamá, sin tanta sangre.

Desde inicios del 89 ya se sabía que Noriega no se salvaría. Fidel lo sabía. EEUU también, obviamente.

IV

Fidel no es pendejo. Es un criminal, pero pendejo no es. No tiene estrategia, solo tácticas. En la mañana no sabe qué va a hacer en la tarde, porque está convencido de que si no actúa “según como vaya viniendo”, el enemigo lo podrá encontrar en cualquier parte del camino, simplemente oliéndole la estrategia. Por eso, cuando a Fidel le llegó el video de los marines entrando a Panamá y la foto de Noriega vestido con traje de preso, más el video del fusilamiento del dictador rumano Ceaucescu y su mujer, más las noticias de la caída del Muro de Berlín, recordó los rumores de que a ciertos generales cubanos la idea de la Perestroika les pareció interesante, cosa que en su momento hizo que empezara a padecer de insomnio. Y gracias a ese insomnio, la suerte estaba echada para Arnaldo Ochoa y Tony de la Guardia: había que evitar una invasión a Cuba por los mismos motivos que a Panamá, a la postre, se le invadiría. Había que desvincularse del narcotráfico.

Por eso, capturan y degradan a Ochoa. Lo hacen confesar en juicio televisado. Lo condenan a muerte. Lo fusilan.

Y 28 años después, los Castro siguen gobernando Cuba.

En el siguiente video, está la confesión del general Ochoa, que fue trasmitida en vivo por la tv cubana. Es una intervención, sinceramente, patética 

V

Venezuela cambió para siempre cuando los militares descubrieron que para que les cayera alguito de la comisión por la compra de armamento, fragatas, radares o cualquier implemento, había que llegar al menos a Coronel. Eso eran 20 años como mínimo. Pero estando en un paso fronterizo o en una aduana o en un aeropuerto, un teniente, un cabo o un simple sargento puede hacerse millonario con el “derecho a vista”: como yo vi que estas pasando droga por aquí, me toca mi comisión por no decir que te vi. Mientras más pases, más comisión.

La cosa creció. Ya no hay que ser general para ser millonario, es más fácil. Móntese aquí teniente, controle esa aduana y deje pasar este embarque. Tome capitán, controle este aeropuerto y deje esa rampa exclusiva para que los aviones que yo le diga pasen por ahí sin que los revisen. Vaya sargento, a ese paso fronterizo y deje que pase para allá ese camión y entre para acá esa gandola. Tome cabo, lleve ese camión para allá y se lo entrega a ese señor, que lo está esperando y él sabrá cómo pagarle.

Los tenientes llegaron a comandantes. Los comandantes llegaron a generales. Los generales llegaron a gobernadores y ministros.

Y así, un simple sargento de aduana tiene más poder de lo que tenía un coronel en los tiempos de Leoni. Un capitán de la Guardia controlando un aeropuerto internacional, tiene más poder del que tenía el comandante de la Guardia en tiempos de Lusinchi.

Y a los generales devenidos en gobernadores, ahora les dio por entrarle a tiros, como hacía Noriega en Panamá, a todo aquel que salga a protestar porque no hay comida o seguridad o esa cosa vaga que llaman democracia. Porque al fin y al cabo, dirán los generales ¿Qué es la democracia si no me puedo hacer rico sin esfuerzo? Llámenla dictadura, pero no me llamen pobre.

El problema es que le están llenado de sangre el perico a los gringos y eso no le gusta a esa sociedad. Eso no le gusta a Madona, ni a los reguetoneros puertorriqueños ni a los actores de Hollywood, por eso la lucha contra el régimen madurista se convierte en una causa “pop”. Hay que condenar al régimen venezolano, porque andan matando a la gente y nos llenan el perico de sangre. Más perico y menos sangre, señores generales, que con la rehabilitación podemos, pero con el remordimiento no.

VI

El narcorégimen es una realidad, pero quien se oponga a él debe estar al tanto de la forma en que actúa. Noriega mató un gentío antes de entregarse. Pablo Escobar arrasó con la paz de todo un país. Los narcos mexicanos decapitan gente y mandan las cabezas a las familias, para que recuerden las afrentas del finado y se prevengan de las denuncias.

Si un narco tiene que escoger entre la entrega a los gringos y mantenerse en su país a sangre y fuego, matará sin dudar.

Por eso, vemos tantos muertos.

Por eso, vemos colectivos actuando junto a la GNB.

Por eso, viene un reguero de sangre y una montaña de muertos. Porque pueden. Porque les da la gana. Porque tanto real merece ser defendido. Y si les bloquean las cuentas, más ráfagas van a disparar.

Por eso hay que seguir luchando. Pero luchar manteniéndose vivo, porque a este narcorégimen lo que más le molesta es la vida. Tenemos que vivir y sobrevivir luchando, porque solo viviendo los derrotaremos.

Nota del autor: Para quienes quieran abundar en detalles sobre el narcotráfico teorizado por Fidel, les recomiendo la lectura del libro “Dulces Guerreros Cubanos” donde el cubano Norberto Fuentes, ex alto funcionario castrista, narra con conocimiento completo, lo que fue la “Causa Número Uno” seguida contra los narcogenerales cubanos. Su testimonio sustenta todas las acusaciones contra Fidel y la fórmula hallada para salvarse del descrédito.

Nota del Editor: este artículo fue originalmente publicado en el año 2014.