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Teorías del Vago | Por Edwin Ríos

Holgazanes sin remedio que se han apoderado del país por razones políticas (Ilustración de @EmeJotaArt) 29/09/2017 9:50 AM

Edwin Rios

Puertorriqueño dedicado a la causa de la libertad. Participó por nueve años en las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Egresado de la Universidad del Estado de Nueva York y de la Universidad de Phoenix.

tah, tah, tah,TAH––––,,tah, tah, tah,TAH––––––––. De alguna forma así comienza la Quinta Sinfonía de Beethoven. Con esa musa quedó señalada la marca más histórica de la naturaleza humana. Aquella que alude a nuestra vagancia. Son cuatro toques que damos en la puerta. Y detrás de esos cuatro toques, siempre queda una incógnita.¿Quién viene a joder a esta hora?

Si golpeamos una vez, eso se puede confundir con un pájaro que ha chocado en la puerta. Además, sería como el reflejo de un holgazán sin remedio, que no quiere ni levantar la mano. Dos golpes, bueno, ya eso es progreso. Hay un humano detrás de la puerta. Y ese humano se ha graduado de holgazán sin remedio, a vago inútil. Pero, junto con nuestra vagancia, tenemos un defecto. Queremos ser vagos, sin ser reconocidos como vagos.

¿Tocamos tres veces?

Un toque de tres es un vals. Y para que tenga un pliegue musical, tenemos que tocar ese trío al menos dos veces corridas, y con las notas acentuadas. El golpe de tres es la señal de un vago sin oído musical, o de uno que no quiere acentuar por falta de motivación y esfuerzo.

Recuerda que a los vagos nos encanta el baile, la baraja, y la botella. A veces pienso, y no digo, porque si pienso y digo, ya es doble el trabajo, que la academia debe corregir esas palabras, y obligarnos a escribirlas con “v” corta. ¿Cuál academia? Esa que tiene que ver con la lengua, y que me cuesta mucho trabajo nombrarla.

Además, en serio, hay que analizar que un golpe de vals, se convierte en seis toques , y eso es demasiado esfuerzo. De manera que tocamos cuatro veces. Esa es la marca de un vago con licenciatura anónima para joder, y abarca como el 80% de toda la humanidad. Y al que toque cinco veces, le cancelamos la licenciatura, porque jode demasiado.

Pero Beethoven aun se toma la molestia de tocar un ritmo de cuatro por dos, para asentar el tema de su sinfonía. Ocho toques en la puerta. ¿Será este un toque insistente, o una forma de decirnos que él mismo no padecía de nuestros males?

Es curioso que seguimos tocando la puerta de a cuatro, una costumbre de añales que nos identifica como morosos naturales. Más sin embargo, la gente está cambiando la costumbre de darse las manos. Ahora la juventud se saluda con un choque brevísimo de puños, lo que en inglés se conoce como un “fist bump”. A mi me parece que alguien, tarde o temprano, se dio cuenta que esa sacudida de manos era una pérdida enorme de tiempo y esfuerzo. Algunos dicen que este nuevo saludo es higiénico. Bueno, entonces por qué no adoptamos el saludo japonés. Ay!!!, pero hay que doblar la cintura. Yo propongo que cambiemos el saludo con una guiñá (es que nos cuesta trabajo decir guiñada) del ojo vago; del izquierdo (yo creo que de esa forma también fue que la palabra bacalado se convirtió en bacalao).

De alguna forma la humanidad sigue progresando. Aunque los cambios sean lentos, son puntuales en identificar lo que somos. En cambio, la medicina nos ha dado la ventaja de tener una expectativa de vida mucho más larga. En la época paleolítica, neolítica, y hasta la Roma y Grecia clásica, la expectativa de vida era alrededor de treinta años de vida. Hasta el 1950, el promedio mundial de vida no era más de 50 años. Pero algo bueno ocurrió con la medicina, y ahora vivimos más de 70 años en promedio. Eso es buenísimo. El problema está que mientras más vivimos, más nos obligan a trabajar. En Estados Unidos, la edad de retiro es como a los 65 años. Por lo visto, la medicina no ha ayudado a los vagos en tener un retiro largo y extendido, como nos corresponde. Recuerden que los vagos abarcamos un 80% de la humanidad.

¿Para qué estudiamos? Para ser vagos profesionales. No es verdad que cuando vemos a alguien dirigiendo el trabajo, o hablando por “trabajar” mientras gana mucho dinero, en vez de doblar el lomo como el resto de nosotros, siempre preguntamos “qué clase de educación tendrá este tipo.” El estudio es la única excusa que le damos a un vago para respetarlo mientras se sienta en una esquina sin hacer nada.

Hay tres teorías básicas de la vagancia que he visto repetidas muchas veces. La primera dice que cuando el trabajo es duro, el trabajo se hace fácil para otras personas, pero no para uno mismo. En este sentido, Pedro le dice a Miguel que ese trabajo es un “bombito al pitcher; te va tomar sólo tres días en hacerlo”. Pero, cuando llega Miguel, se da cuenta que el trabajo en verdad toma semana y media para completar. Lo que pasa es que Pedro no quería hacer el trabajo, y lo hizo lucir como una maravilla para que otro lo hiciera.

La segunda teoría tiene que ver con el reconocimiento franco de la especialización. Esta teoría dice que alguien siempre está más especializado y apto para completar el trabajo, que uno mismo. Si hay que mover un peñón del punto A al punto B, Pedro entonces dice, “Yo puedo hacerlo, pero Miguel es buenísimo en esto, porque estudió geología y tiene hasta una especialización en arqueología”. Mover una piedra no requiere estudios, a menos que uno sea más vago que el otro.

Y esto nos lleva a la tercera teoría, la del temor de los vagos. Esta teoría nos dice que el vago sólo le teme a otro que sea más vago que él. En este sentido a Pedro un dia lo ascendieron a capataz. Cómo ha de sentirse ahora Miguel, que tuvo a un compañero que era más vago que él, por el cual le tocó trabajar sobre la cuenta, aunque él mismo estudió para no llegar a ese predicamento, y ahora, por razones políticas, se ha convertido en su jefe.

Claro, muchos de ustedes pensarán que todavía estoy vacilando. Pues no. Hay que recordar que el en 1969, el profesor Laurence J. Peter describió el llamado “Peter Principle”. El Principio de Pedro describe una tendencia en la mayoría de las corporaciones, en que los individuos son, en efecto, promocionados hasta que logran el nivel de su incompetencia correspondiente. O sea, que para que los vagos trabajen, de alguna forma eficaz, hay que poner a uno más vago como jefe, para que viva el reino del terror entre sus empleados.

Esta receta es la que ha destruido a Venezuela. Recuerden que los vagos abarcamos un 80% de la humanidad. ¿En qué consiste el otro 20%? En los holgazanes sin remedio que se han apoderado del país por razones políticas. Como Chávez, que en su gran esfuerzo de tocar la puerta una sola vez, la derrumbó, en pleno intento de golpe de estado. Como Maduro, que tiene especialización de busero, y con ello pretende correr a un país. (Pues mira, yo creo que un busero sí puede dirigir a un país, pero tiene que ser uno que escuche a la gente, y ellos están en una posición privilegiada para entender los problemas. En el bus se sabe cómo se sufre.) O como Jorge Rodríguez, que en vez de tomar su grado en psiquiatría y practicar en un manicomio, prefirió hacerlo desquiciando a un país entero.

Eso es lo que pasa cuando tú le das un arma a un vago. Le estas dando el instrumento para vivir la utopía de la felicidad, sin necesidad de estudio y esfuerzo, a cambio de la desdicha del resto de nosotros. Esto ocurre con el vagabundo de la calle, e imagínense qué puede ocurrir si le damos un ejército. Lo que ocurre entonces es una desgracia nacional. Lo que algunos en Venezuela han llamado una vagabundería.

Siempre recuerdo los saqueos de Panamá, después de la invasión de los americanos. Se dice que saquearon a todo el comercio, menos las librerías. Yo sólo espero que, de ocurrir lo mismo en Venezuela, no haya saqueo alguno. Pero si se da el saqueo, yo espero que entonces se demuestre un esfuerzo genuino hacia el progreso y la ilustración, y que saqueen a las librerías primero. De esa forma existirá una reivindicación genuina hacia un futuro lleno de prosperidad.