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Todos se van | Por Jhonny Daniel Castillo

Un país solitario va quedando, poco a poco. (Foto de Israel De Sousa para La Patilla) 03/10/2017 11:14 AM

Jhonny Daniel Castillo

Jhonny Daniel Castillo es Licenciado en Historia, egresado de la UCV.

Finalizando el año 2015, mi mejor amigo me dice que se va del país. Yo no le paré mucho al momento, faltaban todavía dos meses para que partiera. Pensaba, más bien, era en pasar tiempo juntos, como era recurrente en nosotros. Paseamos más que nunca, comimos, reímos… Los dos meses pasaron y llegó el día.

La despedida la hicimos un día antes a su viaje. Había risas y llanto. Para mí era algo nuevo. Cada momento se hacía único. Algo tan simple como acompañarlo a abrir la puerta del edificio donde nos encontrábamos, se convertía inmediatamente en un recuerdo. Yo, hasta ese momento, la noche antes de su partida, no entendía la magnitud del asunto. No sabía de exilios voluntarios. Tiempo atrás, nos burlabamos del polémico video donde dos panas con frivolidad absoluta decían “me iría demasiado”. Irse demasiado, para el 2015, se estaba convirtiendo en una obligación. Era despegarse, casi por completo, de un universo y partir hacia los desconocido.

Los historiadores luchamos contra el olvido. Ese fantasma que nos persigue es nuestro enemigo. No podemos dejar nada de lado: buenas y malas experiencias nos enseñan. Pero no estamos exentos de olvidar. Las partidas me han enseñado que el olvido ayuda. Dos amistades que se separan tienen que luchar contra el olvido, pero no dejarlo de lado. Olvido y recuerdo hacen una simbiosis que te hacen superar el duelo y continuar.

Nunca antes había pasado por un duelo. Duelo y dolor no son lo mismo. El duelo es el proceso de superar una ruptura con alguien o con algo. El dolor es uno de sus síntomas. La muerte más cercana a la cual me había enfrentado fue la de, mi abuela materna. Yo tenía como 10 años. Como no compartía con ella, no me dolió. Una despedida no se compara con la muerte, pero al final las dos son rupturas importantes.

No sabía a qué se refería la gente cuando hablaban de que el dolor los acechaba ante una pérdida. ¿Cómo puede doler algo que no ha dejado una herida? Asociaba el dolor, quizás, con un golpe o una laceración en la piel. Ese día, cuando tocó despedir a Gianni, entendí. El pecho lo sentía vacío, al igual que el estómago. Lo único que circulaba de arriba a abajo era un pequeño ardor que no me dejaba respirar bien. ¡Ya está! Esto es el dolor del que hablan. Diría una amiga: esta es la vida.

Posterior a la partida de Gianni, como he dicho, entre el recuerdo, el olvido y la tecnología lograron subsanar la ausencia. Nos escribimos, hasta ahora, casi todos los días. Nuestra filiación ha tomado otras características. Ya, después de dos años, siempre volvemos al pasado, sin desconectarnos del presente, para no poner en duda nuestra amistad. Siempre hay planes a futuro.

Ese diciembre del 2015, yo estaba haciendo mi tesis. Me faltaba muy poco, pero debía culminarla para graduarme. Tenía una razón de peso por la cual debía permanecer un tiempo más en Venezuela. Al final, terminé mi tesis y me gradué. En la actualidad, no es que no haya motivos fuertes para quedarme, pero ya los compromisos impostergables han cesado. Me enfrento a dos fenómeno distinto: la casi obligación de irme y la sensación de que me estoy quedando cada día más solo. Ambas situaciones me tienen afectado, entendiendo que dos cosas son importantes para mí: la amistad y la familia. Justo, desde allí, desde la confusión y la angustia escribo estas líneas.

Albor Rodríguez en su libro Duelo, hace una sentencia que me parece de las más justas que he leído:

Cada día estoy más convencida de que es falso de que todo pasa por algo, que todos venimos al mundo a cumplir una misión, que Dios sabe lo que hace, que el tiempo de Dios es perfecto, que nadie recibe pruebas que no pueda soportar, que importa el por qué pasan las cosas sino el para qué..

En pocas líneas, la autora resume frases dichas por el otro, el que no está enfrentando el problema, creyendo poder alivianar la carga y levantar el ánimo. Esto viene de la tendencia que padece el ser humano, y podría decir que el venezolano con más fuerza, de querer siempre estar feliz, del temor a equivocarse, de buscarle explicación a todo. No es que yo quiera estar triste, pero no siempre podemos estar desbordando alegría: esa no es la vida.

Lo arriba enunciado, lo traigo a colación porque, comentando sobre mi preocupación a un allegado, este me dijo que “debía estar bien porque había personas que ni tenían que comer”. Es decir, debo estar agradecido que, dentro de todo, puedo medianamente cubrir mis necesidades básicas. Vale decir que este allegado, al que quiero mucho, no está en el país. Quizás no deba ser tan quejumbroso, pero tengo derecho a manifestar mi pesar porque las personas que más quiero se están yendo. Porque quizás yo me vaya y deje a los míos. Porque aunque esto sea la vida misma, no tengas muchas opciones para vivirla.

Desde que Gianni partió, tengo la percepción de que todos a mi alrededor están por irse. Hace algo más de un año, intenté iniciar una relación amorosa. No he leído Amor en tiempos de cólera de García Márquez pero así sentía que pasaba con nosotros. Íbamos sin saber dónde. Salir, sentarse en una plaza a charlar, pasar la noche juntos, todo implicaba un sacrificio, muchas veces, hasta riesgoso. Aún así, logramos sortear los obstáculos que impone la dinámica actual. Cuando todo iba tomando forma, nos habíamos mal adaptados a Caracas, una frase que, asumo, fue invento de un desgraciado, anunciaba que algo venía. El “tenemos que hablar”, antecedió a una oración aún peor, que acecha a los millennials venezolanos: “me voy del país, ya compré pasaje”.

La maldita circunstancia, como diría Ana Teresa Torres, hacía de nuevo de las suyas. No faltó quien me dijo “debes estar feliz, Europa es grandiosa…estará mejor allá que aquí…es por su futuro”. No, no, no y no. No puedo sentirme bien. Siento mucho dolor de nuevo. Vuelve el país a arrebatarme cosas. Así que no, no voy a alegrarme y a estar feliz por otra partida. No es que sea egoísta, es que no acepto que esto esté pasando. Que las relaciones de cualquier tipo estén fraguando en la deriva venezolana.

Recientemente, en una reunión de amigos, todos hablábamos de los destinos que tenemos previstos para emigrar. Muchos de ellos, ya tienen pasaje. Otros, han ahorrado lo suficiente como para saber que están prontos a salir de aquí. Unos no sabemos muy bien qué vamos a hacer. Las dudas se agolpan mientras intentamos sortear los retos que nos impone la situación actual.

Mis padres siempre me dijeron que debía estudiar para ser alguien en la vida, para salir del barrio y poder vivir mejor. Eso hice y sigo aquí, en el mismo lugar. La percepción de crecimiento, de logro ha sido quizás más interna que otra cosa. Sin embargo, sabemos que eso no es todo. No puedo llegar después de las 8 caminando, debo tomar taxi porque todo está muy oscuro. No puedo comprar un teléfono nuevo porque están impagables. No puedo ilusionarme con alguien. No puedo viajar a conocer otro país. No puedo intentar hacer un postgrado ¿para qué?… No, no, no, no y no…

Esta mañana me levanté y, parecerá exagerado, me miré al espejo y me siento un tanto más estropeado que hace 5 años. Esto no tiene que ver con el país o quizás sí. Pero, aunque, como estudioso del pasado, sé que hemos estado en penosas situaciones antes, la de ahora, es una de las más determinantes. El tiempo pasa y no sabemos en qué devendrá lo que queda de nación. Justamente, ese pasar del tiempo no perdona. Yo pronto cumpliré 25 años, luego 26 y en 10 años tendré 36. Ya no seré el mismo. Al final, nosotros pasamos y el país queda.