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Traición, Colaboracionismo y Desesperanza | Por Antonio Sánchez García

No es la hora de los que llevan años entregándose al primer llamado de la tiranía. Es hora los que si quieren vencer (Foto: Cristian Hernández @FortuneCris) 03/08/2017 6:23 PM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

No es la hora de la desesperanza. Ni muchísimo menos la hora de quienes sucumben al veneno de los llamados “espacios” y se suman a los cantos de sirena de la tiranía. No es la hora de traicionar a nuestros mártires, a nuestros heridos, a nuestros presos políticos, a nuestros líderes encadenados revolcándonos en el fango de Tibisay Lucena, la pandilla del CNE, el colaboracionismo de la MUD. Es la hora de la batalla final. No tenemos otra alternativa que la que tuvo nuestro Padre Libertador en Pativilca: “¡TRIUNFAR! ¡TRIUNFAR! ¡TRIUNFAR!”

A Antonio Ledezma y Leopoldo López

El 21 de marzo pasado, hoy hace más de cuatro meses y cuando aún no comenzaba el último ciclo de esta heroica revolución democrática venezolana, publiqué en El Nacional un artículo que titulé Venezuela y la desesperanza. Cito: “Quienes han terminado por hacerse con el poder, auxiliados por la ingeniería institucional cubana – amos y señores de esta satrapía – no quieren ni pueden entregar el Poder, del que se hicieran por las buenas, ayer, y muy por las malas, hoy. De su sobrevivencia depende la de Cuba y sus pretensiones coloniales en el resto del continente.  La única fuerza capaz de haberlo impedido se ha sumado a la comparsa de la satrapía y sirve, objetiva y subjetivamente, al mantenimiento de la dictadura. Me refiero a los ejércitos venezolanos. Bastaría que asumieran sus obligaciones constitucionales y pusieran las armas al servicio del desalojo de la dictadura y la reconstitución de la democracia, para que esta espantosa pesadilla, causa de la desesperanza a la que venimos refiriéndonos, desapareciera como por encanto. Se abrieran los portones del futuro. Volviera a reinar la paz y la reconciliación entre los venezolanos. Nos abriéramos a un futuro de prosperidad y progreso. Y asumiéramos una nueva andadura en el concierto de las naciones libres del hemisferio.

Así nos pareciera una monstruosa, repulsiva e indigna traición de unas fuerzas armadas desnaturalizadas, corrompidas y pervertidas que bien merecen ser erradicadas de la faz de Venezuela y sus más altos responsables llevados ante los tribunales internacionales para ser juzgados por la violación a los derechos humanos que han cometido y prohijado, mi mayor angustia no radicaba en esa lacra de nuestra nacionalidad, mal de males desde la fundación de la República, sino en la insólita inconsciencia de la gravedad de la situación por parte de los principales partidos de la oposición vinculada al viejo establecimiento. Más grave que la traición de las fuerzas armadas me parecía la inconciencia o la disposición al contubernio con la tiranía de parte de los principales partidos de la MUD: AD,PJ,UNT y AP y sus mayorales, Ramos Allup, Borges, Rosales y Falcón. De allí que agregara entonces: “La oposición, salvo muy contadas y minoritarias excepciones – María Corina Machado, Antonio Ledezma y Leopoldo López -, aún no comparte esta visión estratégica de las cosas. Por fundada e irrebatible que parezca. Sigue prisionera de añejas certidumbres, mezquinas ambiciones y miopes esperanzas y cree, posiblemente de buena fe, que éste no es más que un mal gobierno o una dictadura tradicional, como las que sufriéramos en nuestro pasado. Que dejándola transcurrir en paz terminará hundiéndose en sus inexorables contradicciones,  prisionera de sus garrafales errores y hará mutis, de buena voluntad, el día menos pensado. Espera con una insólita ingenuidad e inconsciencia por las elecciones del futuro, cualesquiera ellas sean, y que finalmente alguno de sus líderes tomará el relevo y abrirá Venezuela al futuro: Henry Ramos, Julio Borges, Henrique Capriles, Manuel Rosales o el inefable Henry Falcón. Con lo cual se han constituido en el obstáculo principal al desalojo y en aliados privilegiado de la satrapía.”De allí derivaba un muy trágico pronóstico: “Es la razón última de la amarga desesperanza que ensombrece la vida de millones y millones de venezolanos. Constituye el gran triunfo de la tiranía: hacernos creer que esta dictadura es inmutable y nada ni nadie logrará su desalojo. Una brutal falacia que debemos combatir por todos los medios. Se sustenta en las bayonetas. Y como lo dijese Talleyrand: las bayonetas sirven para todo, menos para sentarse en ellas.”

A cuatro meses de ese análisis, que se fundaba en un exacto conocimiento de este crimen de lesa humanidad que es la inconsciencia de dirigencias pigmeas, mezquinas, ambiciosas y carentes de un auténtico patriotismo, y tras uno de los capítulos más dramáticos de este epopeya de lucha por la libertad con su doloroso saldo de asesinatos, miles de heridos y millares de encarcelados, vuelvo a resaltar lo que ya es una maléfica tendencia de nuestra batalla por la libertad: los patriotas acorralan al régimen, lo llevan al borde del abismo, protagonizan extraordinarias jornadas libertarias y cuando sólo falta unir todos los esfuerzos y asumir con coraje y decisión la voluntad de desalojar al régimen y emprender la última batalla, saltan a salvarlo de la campanada. Son los mismos personajes que lo salvaran en abril del 2014 y así, año tras año, hasta el día de hoy. Actuando a contracorriente de la voluntad popular y sirviendo objetiva y subjetivamente a los intereses de una dictadura dominada por la tiranía cubana. Una aberración que nos ha costado la más grave crisis de la historia de la República.

Ante los éxitos rutilantes de este último ciclo que terminara este 30 de julio con el parto de los montes cabe preguntarse: ¿hasta dónde llegaran en su aviesa voluntad de traicionar la Resistencia, entregar a nuestros líderes, burlar la voluntad popular y auxiliar a un poder totalitario? El 16 de julio siete millones seiscientos mil venezolanos se movilizaron  respaldando las acciones de nuestra Resistencia, exigiendo la salida de Maduro y la libertad de todos nuestros presos políticos. Pero sobre todo: rechazando la brutal violación constitucional de la última tabla de salvamente de la dictadura, la llamada ANC. El gobierno respondió poniendo al desnudo su absoluta carencia de respaldo y protagonizando el fraude electoral más turbio, manifiesto y grosero de la historia electoral de la región y posiblemente del planeta. Más de cuarenta naciones lo desconocen y desconocen, consiguientemente, el hamponil gobierno que lo escenificó. El re encarcelamiento de Leopoldo López y Antonio Ledezma conmovió al país y al mundo. Los mensajes libertarios de nuestros dos más significativos líderes en resistencia conmovieron la conciencia del mundo. El régimen es un montón de chatarra y basura que no vale nada. Está absolutamente desprestigiado y sigue sosteniéndose exclusivamente en las  bayonetas. Y precisamente entonces, cuando parece llegado el momento como para iniciar la última ofensiva y culminar la tarea desalojándolo para siempre, brincan los mismos salvadores in extremis a obstaculizar el remate de la faena.

Pero esta vez no es la hora de la desesperanza. Más victorias que las obtenidas, sólo la renuncia e inmediato desalojo de la tiranía. De allí cuán oportuna fue la referencia de Antonio Ledezma, el gran político de la circunstancia, al recordar a Bolívar en Pativilca. Quien gravemente enfermo y situado por la historia ante la colosal empresa de librar la última batalla por la libertad del continente, respondió enfebrecido de voluntad, decisión y patriotismo a  quien dudaba del resultado final y le preguntaba ¿qué hará Usted, general ante circunstancias tan adversas?”con una sola palabra: “¡TRIUNFAR! ¡TRIUNFAR! ¡TRIUNFAR!”

No es la hora de la desesperanza. Ni muchísimo menos la hora de quienes sucumben al veneno de los llamados “espacios” y se suman a los cantos de sirena de la tiranía. No es la hora de traicionar a nuestros mártires, a nuestros heridos, a nuestros presos políticos, a nuestros líderes revolcándose en el fango de Tibisay Lucena, la pandilla del CNE, el colaboracionismo de la MUD. Es la hora de la batalla final. No tenemos otra alternativa que la que tuvo nuestro Padre Libertador en Pativilca: “¡TRIUNFAR! ¡TRIUNFAR! ¡TRIUNFAR!”