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Transición sin venganzas, justicia sin excepciones | Por Alfredo M. Cepero

22/03/2018 8:20 AM

Alfredo Cepero

Cubano en el exilio, poeta, articulista. Secretario General del Partido Nacionalista Democrático de Cuba y Director del portal La Nueva Nación.Veterano de la Brigada 2506 de Bahía de Cochinos y del ejército de EE.UU.

Ningún pueblo de América ha sufrido como el cubano una opresión tan bárbara y una injusticia tan prolongada. Esta pesadilla horrenda de casi sesenta años ha traído consigo consecuencias traumáticas que permanecerán en nuestro psiquis durante mucho tiempo. Porque ni el deterioro material ni la miseria económica son tan dañinos al futuro de un pueblo como la miseria moral y la violencia sicológica. Las dos primeras pueden ser remediadas y hasta revertidas en períodos de tiempo relativamente breves a base de inversiones de capital y de incentivos materiales.

Con su cercanía a un gigantesco mercado de consumo como los Estados Unidos y el incentivo de la mano de obra barata para inversionistas norteamericanos la economía cubana podría despegar en menos de una década. Eso sin contar con el ingrediente de capitales de cubanos que han creado fortunas en el exilio y sentirían una satisfacción especial en contribuir a la reconstrucción de la patria de la cual fueron una vez despojados.

Ahora bien, la miseria moral y la violencia sicológica son daños que demorará muchos años repararlos. Durante casi tres generaciones al cubano le ha robado a Dios, la libertad, la iniciativa, la autoestima y hasta la familia. Ese robo se ha llevado a cabo a base del control absoluto de la información, de las comunicaciones, de la educación, de la inversión y de las oportunidades de empleo.

Quien no acepte al gobierno como Ser Supremo, así como su hegemonía en todos los aspectos de la vida, está condenado al ostracismo y a la miseria. De ahí que el "hombre nuevo" del que habló la tiranía desde el principio ha devenido en un "hombre enfermo" de inseguridad, de resignación y de resentimiento. Un cubano muy distinto al que ellos encontraron en 1959. Tan distinto que ni siquiera protesta cuando lo llevan como una oveja al matadero. La peor herencia de la pesadilla castro comunista y la fórmula inescapable para una avalancha de odios y de venganzas a la hora de un cambio de gobierno que a cada momento parece más cercano.

Esto confronta a aquellos cubanos que queramos restaurar la grandeza de nuestra patria con un reto de grandes proporciones. Tenemos que sembrar armonía, confianza y amor donde hasta ahora han reinado división, desconfianza y rencor. Mi amigo el Dr. Biscet hablaba hace unos días de que Cuba necesita una "gran dosis de amor". Yo comparto esos sentimientos. La cooperación tiene que predominar sobre los mezquinos ajustes de cuentas y el sentido común sobre las pasiones personales o el fanatismo ideológico. Nos hundimos juntos o nos salvamos juntos. Es tan simple como eso.

Pero mucho cuidado. Nada de eso puede ir contra una justa y necesaria aplicación de la justicia. Una justicia sin venganzas pero sin excepciones. Porque, para que la Cuba que estamos empeñados en construir resista los embates del tiempo, tenemos que inocularla contra el virus de la impunidad ante la ley, lo que garantiza una justicia sin excepciones. Nuestra Constitución de 1940, en su Título IV, Artículo 20, con claridad meridiana estipula: "Todos los cubanos son iguales ante la Ley. La República no reconoce fueros ni privilegios". Por no haberla aplicado perdimos la nación que con tanta sangre y sacrificio construyeron y nos legaron nuestros próceres. Si de verdad queremos honrar su memoria, esta vez tenemos que aplicarla.

Sin el concurso de millares de criminales, de delincuentes y de delatores el régimen no se habría mantenido en el poder por tanto tiempo. Tan culpable es "el que mata la chiva como el que le aguanta la pata". Decir que los Castro fueron los únicos culpables de esta larga noche de terror y de miseria es una mentira que será esgrimida con seguridad por sus apandillados al día siguiente del derrumbe de la tiranía. Pero aceptarla como verdad sería condenar a la república a una futura tiranía. Para asegurarnos de que este infierno no se repita la verdad tiene que brillar con la intensidad de nuestro sol en el mediodía. Los asesinos, los violadores y los represores tienen que pagar por sus fechorías con penas que serán adecuadas a la gravedad de sus crímenes. Afortunadamente esta gentuza constituye una minoría del pueblo cubano.

La mayoría silenciosa y silenciada quiere lo que quieren todos los seres humanos. Comida caliente, cama blanda, ropa adecuada, empleo bien remunerado y la oportunidad de acumular riquezas con el esfuerzo de su trabajo. Todo eso es normal en cualquier país gobernado en democracia y donde reine el imperio de la ley.

El problema para aquellos seres excepcionales que, poniendo el bienestar de la patria sobre la felicidad personal, se comprometan en la obra gigantesca de su reconstrucción es que el 90 por ciento de los cubanos residentes en la Isla no conocen otro sistema que la tiranía ni otra ley que el capricho de sus tiranos. La prueba la tenemos en los emigrantes que han llegado en los últimos 30 años a los Estados Unidos. No son exiliados políticos sino inmigrantes económicos. La mayoría no habla de una libertad que no conoce sino de la búsqueda del bienestar material del que han carecido bajo la tiranía.

En conclusión, cualquier gobierno de transición tiene que hacer del país una gran escuela de ciudadanos. Empezar por ponerlos al tanto de la verdadera historia de la nación cubana, donde la tiranía castrista no fue una alborada sino una noche oscura y tenebrosa. Establecer con claridad meridiana que ellos no le deben obediencia a los gobernantes sino que son los gobernantes quienes les deben obediencia a ellos.

Que el gobierno no está obligado a mantenerlos sino que ellos son los responsables de mantenerse a sí mismos. Que nadie puede determinar por ellos su lugar de trabajo, de vivienda, de escuela, de culto o de entretenimiento. Que ese es el contenido y el sentido de la libertad y que ellos son los responsables de su éxito o de su fracaso. Un viaje largo y accidentado que pondrá a prueba al mismo tiempo el temple de gobernantes y gobernados; pero imprescindible si queremos honrar la memoria de tantos patriotas inmolados por nuestra libertad desde los inicios de la república hasta nuestros días.