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Trump calienta la Guerra Fría | Por Alfredo Cepero

(Foto: AFP) 18/04/2018 2:21 PM

Alfredo Cepero

Cubano en el exilio, poeta, articulista. Secretario General del Partido Nacionalista Democrático de Cuba y Director del portal La Nueva Nación.Veterano de la Brigada 2506 de Bahía de Cochinos y del ejército de EE.UU.

Cuando el 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín el mundo respiró tranquilo y celebró lo que parecía ser el final de la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Cuando en 2008 Barack Obama retiró los misiles que apuntaban a Moscú desde Polonia y la República Checa los Estados Unidos estaban enviando un mensaje de concordia y de paz a sus antiguos enemigos. El nuevo Mesías americano estaba seguro de que, con su verborrea apaciguadora, sería capaz de domesticar al belicoso oso soviético. Pero le salió el tiro por la culata.

El problema es que Vladimir Putin no recibió el mensaje según le fue enviado por Barack Obama. Como todos los tiranos interpretó el apaciguamiento como debilidad y como una licencia para restaurar el recién finiquitado Imperio Soviético. En marzo de 2014 le robó a Ucrania la Península de Crimea para garantizar el acceso de los barcos rusos al Mar Negro. Aprovechó la política de "paciencia estratégica" de Obama, para seguir adelante con su estrategia imperialista. La Guerra Fría seguía a toda marcha gracias a la parálisis del nuevo ocupante de la Casa Blanca.

Esa parálisis se extendió a otras zonas del mundo donde Washington y Moscú tenían intereses en conflicto, especialmente en la guerra civil de Siria. En septiembre de 2013, Obama trazó lo que llamó una línea roja que lo motivaría a atacar a Bashar al Assad si éste utilizaba armas químicas contra la población civil. Los sirios fueron gaseados y la línea roja de Obama tomó el color amarillo del diletante paralítico. Queriendo evitar el ridículo, pidió entonces a su amigo Putin que sacara las armas químicas de Siria. Putin le prometió hacerlo pero nunca lo hizo y se convirtió en el gran protector del verdugo que masacra indiscriminadamente a su propio pueblo.

Aunque todavía es muy pronto para un juicio definitivo, yo vaticino que Obama pasará a la historia como uno de los peores presidentes de los Estados Unidos, sobre todo en lo relativo a la forma en que los mismos son vistos por el resto del mundo. Convirtió a la nación poderosa que heredó de su predecesor en una nación impotente que era la burla del mundo. Donald Trump se ha dado a la tarea de restaurar su prestigio. Por su parte, Putin continuó su carrera desenfrenada de agresión y conquista sin darse cuenta de que la Casa Blanca estaba en nuevas manos. Porque, a diferencia de Obama, Donald Trump cumple sus amenazas cuando traza una línea roja. Así actúan los hombres que se respetan y se hacen respetar.

Cuando al-Assad gaseó a civiles y violó la línea roja de Trump el 4 de abril de 2017, el Presidente le contestó con el lenguaje que entienden los matarifes. Tres días después, le disparó 59 misiles cruceros Tomahawk contra la base aérea siria de Shayrat, desde donde habían salido los aviones que dejaron caer los gases. Sin embargo, Assad no aprendió la lección de 2017 y a principios de este mes gaseo a 42 hombres, mujeres y niños en el pueblo de Duma. Trump, por su parte, le duplicó la represalia.

Con el apoyo de unidades navales y aéreas de Francia y Gran Bretaña le disparó más de un centenar de misiles contra tres objetivos militares donde se producen armas químicas dentro de Siria. En su discurso a la nación, Trump calificó de "monstruo" a Assad y dijo que el objetivo era impedir que el régimen sirio continuara utilizando armas químicas contra la población civil. Agregó que las tres naciones--EE.UU., Francia y Gran Bretaña--continuarían con este tipo de respuesta hasta que Siria desistiera de utilizar armas químicas.

Sin embargo, según prometió en su campaña por la presidencia, Trump dejó claro que no enviaría soldados a cambiar el régimen sirio. Entre líneas, indicó que nada de construir democracias en países cuyos ciudadanos no están preparados para vivir dentro de sus parámetros. Pareció matar varios pájaros de un tiro cuando les dijo a Rusia e Irán que dejaran de apoyar al régimen criminal de Assad y permitieran que el destino de Siria fuera determinado por sus propios ciudadanos.

Ahora bien, esto no quiere decir que al-Assad disfrutaría de impunidad si decidiera seguir gaseando a civiles inocentes. Todo lo contrario. Haría muy bien en tener en cuenta lo que le pasó a Muammar Gaddafi cuando a principios de 1986 mandó a volar una discoteca en Berlín Occidental frecuentada por soldados norteamericanos. Dos meses más tarde, en la Operación del Cañón Dorado, Reagan ordenó que bombardearan con misiles la residencia donde Gaddafi vivía con su familia.

Como era de esperar, la comunidad internacional mantuvo silencio y Gaddafi decidió abandonar sus actos terroristas y sus aventuras nucleares. En este caso, nadie derramaría una lágrima ni alzaría la voz para defender a la bestia de Bashar al-Assad. Como dato curioso, el actual Asesor de Seguridad Nacional de Trump, John Bolton, era una de los asesores de Reagan en la época del ataque a Gaddafi. Quizás podría darle el mismo consejo a su nuevo jefe.

Sin embargo, todo parece indicar que el principal objetivo de Trump no es Siria sino Rusia primero e Irán después. Ambos países llenaron el vacío dejado en Siria por Barack Obama. Sin el apoyo militar de estos dos estados delincuentes hace mucho tiempo que Bashar al-Assad habría desaparecido del mapa del Oriente Medio. Al mismo tiempo, los misiles que hicieron blanco físico en Siria tiene que haber hecho un blanco sicológico en Pyongyang. Por aquello de que, 'cuando veas arder las barbas del vecino pon las tuyas en remojo', el matarife de Corea del Norte lo pensará dos veces antes de seguir amenazando a los Estados Unidos con un ataque nuclear.

Por su parte, Putin tiene que estarse replanteando una nueva estrategia muy diferente a la que utilizó contra George Bush y Barack Obama, a quienes manipuló con las argucias y la maestría de los espías soviéticos. Su versión de la guerra fría que siguió a la caída del muro de Berlín no funciona con este presidente. Con su estilo directo y agresivo Donald Trump le ha calentado a Putin la guerra fría y lo ha puesto a la defensiva. Después del ataque a las instalaciones químicas de Siria la semana pasada, varios funcionarios rusos han amenazado con tomar represalias pero Putin no aparece por parte alguna. Los estados terroristas se han quedado sin protector y el 'guapo de barrio' parece destinado a hacer el ridículo.

Peor para Putin, la personalidad competitiva de Donald Trump no le permite quedarse a mitad del camino. Ha dicho hasta el cansancio que su objetivo es "Hacer a América Grande" y esto implica más grande que Rusia y que todos los países del mundo. La frágil economía de una Rusia cuya prosperidad depende casi exclusivamente de la venta de petróleo y gas natural a los países de la Unión Europea no puede competir con la poderosa y diversificada economía norteamericana. Con esa arma--no con misiles, aviones y buques--derrotó Ronald Reagan a Mikhail Gorbachev y mandó al Imperio Soviético al basurero de la historia.

En este sentido, los Estados Unidos cuentan con reservas petroleras superiores a las de la propia Arabia Saudita. Además, desde el momento de su toma de posesión Trump ha eliminado una proporción considerable de los obstáculos puestos a la producción petrolera por la Administración Obama. El resultado ha sido que los Estados Unidos han pasado a ser de país importador a país con la capacidad de exportar petróleo. Si este país decide vender petróleo a sus aliados en Europa los rusos perderían su férreo control sobre el mercado europeo. Un jaque mate a las aspiraciones imperialistas de Putin sin disparar un solo misil o una sola bala.