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Trump habla pero la burocracia manda | Por Alfredo Cepero

Thomas Shannon, subalterno de Trump y colaborador del castrismo 16/11/2017 10:00 AM

Alfredo Cepero

Cubano en el exilio, poeta, articulista. Secretario General del Partido Nacionalista Democrático de Cuba y Director del portal La Nueva Nación.Veterano de la Brigada 2506 de Bahía de Cochinos y del ejército de EE.UU.

Si Trump quiere que se respeten sus órdenes sobre política exterior tiene que despedir a Shannon y sus apandillados en el Departamento de Estado.

Donald Trump puede ser acusado de muchas cosas pero jamás de no hablar claro. Desde el principio de su mandato dijo que tomaría medidas drásticas para asfixiar a los regímenes de Raúl Castro y de Nicolás Maduros. Los votos cubanos contribuyeron a su triunfo en La Florida y lo ayudaron a llegar a la Casa Blanca. Hace sólo unas semanas, los cubanos llenaron el Teatro Manuel Artime y lo aplaudieron hasta el delirio cuando confirmó su compromiso con la lucha por la libertad y la democracia en Cuba. Estoy convencido de que, tanto en el caso de Cuba como en el de Venezuela, el presidente fue totalmente sincero en sus pronunciamientos.

Pero, a pesar de todos sus éxitos en los mundos de los negocios y de las comunicaciones, Donald Trump tiene mucho que aprender sobre el funcionamiento del gobierno. Sobre todo sobre ese cáncer interno que es la burocracia atrincherada en sus pequeños y miserables feudos. Una gente que no ha recibido mandato alguno de su pueblo pero que se considera con derecho a determinar su destino. Así lo han hecho desde tiempos inmemoriales. Por eso, su decreto sobre Venezuela y sus medidas contra el régimen de Castro siguen atascadas en ese padre de todos los pantanos que es el Departamento de Estado. Trump está aprendiendo por estos días que él habla pero la burocracia manda. Una píldora muy amarga de tragar por un hombre de su arrogancia.

La directiva de Trump contemplaba esencialmente una prohibición general de hacer negocios con empresas vinculadas con los militares cubanos. En la misma, elaborada con la contribución de los congresistas cubano americanos Marco Rubio y Mario Díaz-Balart, se prohibía específicamente a compañías y ciudadanos estadounidenses realizar transacciones financieras con GAESA y con cualquiera de sus "filiales, subsidiarias o sucesoras”. Más claro ni el agua. Pero vinieron los burócratas del Departamento de Estado para enturbiar el pantano.

Estos aliados de la izquierda totalitaria decidieron ignorar el mandato presidencial y seguir dando oxígeno a la tiranía que han defendido durante 58 años, tanto bajo presidentes demócratas como republicanos. De hecho, según las aplica el Departamento de Estado, las regulaciones anunciadas a principios de noviembre permiten los viajes "pueblo a pueblo” a Cuba sin una licencia específica aprobada de antemano. Autorizan además en la Isla las transacciones con tarjetas de crédito emitidas en Estados Unidos, y deja a los estadounidenses comprar puros y la mayor parte de las marcas de ron para uso personal. Otras empresas no están afectadas, aunque sean propiedad de militares o estén controladas por las entidades incluidas en la lista enviada por Trump al Departamento de Estado.

Con esto cobra vigencia la advertencia formulada con frecuencia por el Senador Marco Rubio de que miembros en funciones del Departamento de Estado favorecen la apertura del ex presidente Obama hacia Cuba y se han rebelado contra la política más dura respaldada por Trump. El liderazgo de esos "rebeldes" lo ostenta un oscuro diplomático de carrera que fue ascendido por el ex presidente Obama en el 2016 a Secretario de Estado para Asuntos Políticos. Su nombre es Thomas Alfred Shannon Jr.

Con su renuencia a aplicar en su totalidad las directrices de su jefe, el Presidente Trump, éste solapado apaciguador de tiranos está prolongando el martirio de los pueblos de Cuba y de Venezuela. Prueba al canto. En el mismo instante en que funcionarios de la Casa Blanca y del Congreso trazaban planes para aplicar fuertes sanciones contra el régimen de Maduro, el señor Shannon y sus subordinados, sin que nadie se los ordenara, se reunía en privado con el Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela. Esta reunión se celebró el 23 de julio, una semana antes de la pautada votación para desbandar la democráticamente electa Asamblea Nacional. La solución de Shannon no era desplazar a los tiranos con sanciones sino "seguir hablando sobre la conveniencia de seguir hablando". Tremendo "arroz con mango".

¿Cómo se explica esta crisis de autoridad del presidente sobre la conducción de la política exterior? La respuesta es fácil para aquellos familiarizados con el mundo alucinante de la burocracia federal. Mientras el Secretario de Estado Rex Tillerson dedicaba su atención a la amenaza nuclear norcoreana, los avances de China Comunista en Asia y las maquinaciones de Putin con los clérigos iraníes los demás negocios del Departamento de Estado quedaban en manos de funcionarios de segunda categoría.

Como los ratones cuando el gato duerme, burócratas de carrera hacían de las suyas en la conducción de la política exterior. Para beneficio de Castro y Maduro, su amigo Shannon actuaba como el Secretario de Estado de facto. Si Trump quiere que se respeten sus órdenes sobre política exterior tiene que despedir a Shannon y sus apandillados en el Departamento de Estado.

Lamentablemente, Thomas Shannon no es el primero de los burócratas del Departamento de Estado que apaciguan y favorecen tiranos contraviniendo la política de la Casa Blanca. En 1957, en medio de un vendaval político que asolaba a la Isla, Earl E.T. Smith fue nombrado embajador de los Estados Unidos en Cuba. Su misión ostensible era representar a Washington ante la dictadura de Fulgencio Batista. Pero el objetivo real era acelerar la salida de Batista y facilitar la toma del Poder por Fidel Castro.

Esta decisión fue tomada a pesar de que los Estados Unidos tenían pruebas fidedignas y confiables de que Fidel Castro y la cúpula del Movimiento 26 de Julio mantenían un estrecho contacto con el Partido Comunista de Cuba y, por ende, con la Unión Soviética. Según datos que tenía la Embajada y el FBI, en Cuba había 10.000 comunistas, o tal vez llegaran a 20.000 con los simpatizantes, en una población de 8.000.000, o sea, ni siquiera el medio por ciento.

Regresando a "El Cuarto Piso", Smith relata que la política norteamericana hacia Cuba en aquel momento no estaba siendo determinada por el entonces Secretario John Foster Dulles sino por un grupo de funcionarios de tercera categoría. Ese grupo ocupaba una oficina en el Cuarto Piso del Departamento de Estado y estaba bajo la dirección de William Arthur Wieland. Este funcionario, según cuenta en su libro Smith, le indicó que antes de salir hacia la Habana, obtuviera la “orientación general” del periodista del “New York Times”, Herbert Matthews. En un comentario privado, su amigo Robert C. Hill, a la sazón embajador de EEUU en México, le advirtió a Smith "!Te envían a Cuba a presidir la caída de Batista!. Se ha tomado la decisión de que Batista debe desaparecer” .

Un periodista sin cargos oficiales y un funcionario anodino determinaron la suerte de millones de cubanos. Ese periodista, durante la Guerra Civil Española, puso su pluma al servicio de los soviético-republicanos y, en 1957, fue el hombre que rescató a Castro del fracaso y lo convirtió en un abanderado de los humildes y los oprimidos. En contra de toda lógica y objetividad periodística, hasta el día de hoy The New York Times sigue defendiendo el horror de la tiranía castro comunista. De ahí que podemos señalar al binomio de la burocracia del Departamento de Estado y al periódico The New York Times como cómplices de la tiranía en la opresión del pueblo de Cuba.

Mirando al futuro, la interrogante está en si Donald Trump será o no capaz de vencer este obstáculo de una burocracia federal que lo detesta y hará todo lo posible para obstaculizar su agenda de "drenar el pantano". De su éxito dependen la suerte de los Estados Unidos y la de aquellos pueblos que comparten con esta nación el amor a la libertad, y la democracia.