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Un billete de la lotería llamado “Fidel Castro” | Por Esteban Fernández

Varios candidatos a la nada, lograron ascenso social y posición solo al sumarse a las acciones de un muchacho con ideas locas. Con los años, cobraron 01/11/2017 10:42 AM

Esteban Fernandez

Esteban Fernández es el escritor costumbrista cubano más leído en el ciberespacio. Con sus letras hace una precisa descripción de la Cuba que fue y de la Cuba que es.

Para algunos -quizás para muchos- alzarse en la Sierra Maestra, inclusive participar en el ataque al Moncada y venir en el Granma fue exactamente igual a comprar un billete entero de la lotería nacional. Era un albur.

No todos, porque había una ínfima minoría -como Raúl Chibás y Humberto Sorí Marín- que ya tenían títulos universitarios y provenían de familias adineradas.

Pero la mayoría era compuesta por una claque de tipejos, muertos de hambre, marginados de la sociedad, vagos consuetudinarios que se la jugaron "todo al canelo" con Fidel Castro. Otros eran campesinos de la Sierra que por pura casualidad se tropezaron con él -se encontraron el “billete de la lotería” detrás de una colina- sin proponérselo, ni buscarlo ni comprarlo.

Les importaba muy poco si “el gallo tapado” era comunista, nazista, o fascista. Sólo se llevaron por su verborrea y vislumbraron un posible futuro prometedor.

Encima de eso, ese abogado alardoso y atrevido les brindaba un barniz patriótico a quienes no sabían exactamente lo que verdaderamente era una ideología definida. Un disfraz a sus antiguas y futuras fechorías.

Descubrieron que mientras en las ciudades corrían peligros hasta sin ser activistas, las Sierras Maestra, Cristal o Escambray representaban una especie de gigantesco picnic. Desde luego, si había que correr un riesgo trataban de no defraudar al leguleyo que los llevaría de las manos a disfrutar de una vida cómoda y placentera. From Rags to riches.

Observen ustedes que mientras los idealistas y verdaderos revolucionarios se bajaron del “carro fidelistas” inmediatamente que se dieron cuenta del curso que tomaba la mal llamada “revolución cubana” dentro de las filas de esos oportunistas no hubo una sola deserción.

Perdularios como Ramiro Valdés y Juan Almeida, falsificador de cheques como Raúl Menéndez Tomasevich, marihuaneros como Efigenio AmeIjeiras, descubrieron con euforia en enero del año 59 que EL BILLETE HABÍA RESULTADO PREMIADO.

Y de ser “unos don nadie” se convirtieron en famosos, en dueños de mansiones y carros nuevos del año 59, rodeados de halagos, de mujeres bellas, de candidatas a reinas de carnavales habaneros. Un flaco destartalado llamado Camilo Cienfuegos ligaba más jebas que Porfirio Rubirosa.

Su único trabajo era seguir las orientaciones de un desaforado “máximo líder”. Lo mismo eran nombrados al frente de un ejército sin haber visitado una escuela militar, que jefes de la aviación sin haberse montado hasta el mes pasado en un solo avión.

Si había que matar mataban, si había que ir a las mismas Sierras a perseguir y fusilar a los alzados que estaban haciendo lo mismo que los había convertido a ellos en “héroes”, lo hacían.

Muchos ya son ancianos, otros han muerto, pero lograron GRACIAS A ESE BILLETE DE LA LOTERIA LLAMADO FIDEL, que unos meses de vacaciones campestres (disfrazadas con unas cuantas escaramuzas) se convirtieran en la mayor y más gigantesca de las piñatas que recuerda país alguno.