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Un riesgo innecesario: Venezuela en el juego de las grandes potencias | Por Víctor M. Mijares

La política exterior chavista ha sido reconocida finalmente como una amenaza a la seguridad estadounidense. 11/01/2018 10:00 AM

Víctor Mijares

Politólogo. Investiga y enseña sobre seguridad internacional y política exterior. Investigador asociado al GIGA Institute (German Institute of Global and Area Studies). En twitter es @VMMijares

Finalmente conocemos la postura oficial de la administración Trump. Con la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional 2017 (NSS-17) comenzamos a decodificar al contradictorio presidente de los Estados Unidos. Para efectos de análisis sobre Venezuela, tres afirmaciones son particularmente relevantes: en primer lugar, Washington define a China y Rusia como rivales; segundo, caracteriza al régimen venezolano como una dictadura; y tercero, identifica las relaciones de Beijing y Moscú con Caracas como amenazas hemisféricas.

Ninguna de las tres afirmaciones sorprende a la mayoría de los analistas ni del público en general. Sin embargo, por primera vez una NSS las expone de forma explícita. Venezuela ha entrado oficialmente en las líneas de tensión geoestratégicas de las tres mayores potencias actuales.

El origen de esta riesgosa situación se remonta a la estrategia de política exterior y de seguridad de Hugo Chávez. El padre de la Revolución Bolivariana se planteó tempranamente como meta contribuir con un “mundo pluripolar” (sic). Esto coincidió con el boom de precios en las materias primas (sobre todo petróleo) y con las estrategias multipolares de China y Rusia. Venezuela ofrecía y ofrece, a las grandes potencias eurasiáticas no sólo recursos naturales sino también la oportunidad de tener un aliado en el corazón del hemisferio Occidental.

Esta imprudente estrategia de tratar de contrabalancear a los Estados Unidos funcionó bien mientras la economía y la influencia venezolanas eran operativas, y el foco de atención estadounidense se encontraba en Medio Oriente y Asia Central (con Bush) o Asia-Pacífico (con Obama). El cambio que supone la NSS-17 de Trump pone en evidencia los riesgos del juego geopolítico chavista.

Venezuela se comportó asertiva y prolongadamente como un jugador geoestratégico, es decir, como un actor internacional capaz de modificar las condiciones del sistema internacional. Sin embargo, su verdadera naturaleza es la de un pivote geopolítico, o una unidad internacional cuya importancia no se deriva de su poder, sino de su localización y recursos naturales (ambos apreciados y explotables por los verdaderos jugadores geoestratégicos).

La disonancia de estatus internacional no es nueva en la historia reciente de Venezuela como petro-Estado. La propia doctrina Betancourt muestra rasgos de sobredimensionamiento de la estatura real del país. La doctrina Calvani ancló a Venezuela a una estrategia de indefinida influencia sobre el Caribe, con pobres resultados, al menos en el caso del Esequibo. Mientras que la Gran Venezuela de Pérez dejó poco más que anécdotas sobre un fútil tercermundismo. Pero ninguna de esas fases de la historia diplomática venezolana había puesto en riesgo real la integridad del país, como sí lo ha hecho el paroxismo internacional chavista.

Las afirmaciones de la NSS-17 presuponen una nueva etapa en la riesgosa confrontación con los Estados Unidos. Antes de la publicación del documento, la administración Trump había dejado en claro que no descarta el uso de la fuerza en la búsqueda de una solución para Venezuela. Este país ha dejado de ser un asunto diplomático para Washington, o de una mera “deriva autoritaria”, para convertirse, ahora oficialmente, en un problema de seguridad nacional.

La identificación de las relaciones de China y Rusia con Venezuela como amenazas hemisféricas, es un claro mensaje a las grandes potencias eurasiáticas. Para la administración Trump, chinos y rusos han venido actuando con demasiada libertad en América latina, y el pináculo de estas acciones ha convertido a uno de sus Estados en un instrumento potencialmente peligrosos para los intereses estadounidenses. El mensaje se encuadra en una tradición de interacciones entre grandes poderes, referida a los intentos de penetrar esferas naturales de influencia, frente a los de negar acceso a fuerzas externas. Estados Unidos falló en esta última y la administración Trump pretende corregir el rumbo.

Como con todas sus políticas, la estrategia de política exterior del chavismo ha resultado nociva para el Estado y la sociedad venezolanos, así como potencialmente para sí mismo. Su maximalista meta de promover un mundo multipolar no sólo ha puesto en riesgo la integridad misma de Venezuela, sino además, la propia continuidad histórica del movimiento político promovido por Chávez.

Las condiciones estructurales que sostenían su peligrosa aventura internacional han mermado, lo que constituye un riesgo innecesario pero ya inevitable en un mundo en el que el multilateralismo es poco más que una ilusión ante el repliegue estadounidense en el marco de la Organización de las Naciones Unidas. Más allá del colapso económico o de la desdibujada resistencia de las distintas fuerzas opositoras nacionales, el chavismo está frente a su mayor reto de supervivencia: haber quedado atrapado en el juego de las grandes potencias.