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Una vez más, el diálogo | Por Antonio Sánchez García

In fraganti siempre, los representantes de la falsa oposición siguen en su afán de simular que pueden solucionar los problemas de Venezuela negociando con el régimen al cual le sirven. 06/02/2018 12:32 PM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

Una vez más, el diálogo termina en agua de borrajas. Una vez más demuestra no haber sido más que un simulacro de horas, días y meses manejado por una de las partes y beneficioso sólo para ella: la dictadura. Una vez más los apaciguadores salen con las tablas por la cabeza y deben regresar al punto inicial con la cola entre las piernas. Una vez más los protagonistas guardan el más sacrosanto de los silencios. Una vez más, los asesores regresan a sus aulas sin una sola cuenta que entregar, sin una sola factura que pagar, sin tener que rendirle cuentas al pueblo venezolano, que entre tanto ha visto agravarse sus penurias. Una vez más los protagonistas vuelven a sus tramoyas, ocupan sus ministerios y secretarías y siguen dictando y compartiendo la ruta hacia la catástrofe. 

Es un homicidio sin cadáver ni culpables. Por lo tanto, el crimen no existe. Protagonistas y cómplices se esfuman del escenario del crimen y a la postre sólo sobrevive el malestar de una borrachera cósmica. Homérica. 

Una asesora le explicaba a un periodista a poco de embarcarse para Santo Domingo que si este diálogo fracasaba, a Venezuela le esperaban tiempos terribles. Fracasó. Se vienen tiempos terribles. ¿Entonces? ¿Haremos, como es habitual en estos arenales caribeños, como si no hubiera pasado nada? ¿Volveremos a demostrar que nuestra palabra no vale nada? ¿Dejaremos que el muerto se siga pudriendo, como si el asunto no fuera con nosotros? ¿Seguiremos escudándonos en las fobias que los comunicadores del establecimiento partidista se han sacado de la manga para justificar las vagabunderías de sus liderazgos? ¿Seguiremos confundiendo política con farándula y Venezuela con Sábado Sensacional? ¿Seguiremos sufriendo esta telenovela sangrienta?

En un país serio, con políticos honestos y asesores profesionales, las cosas no se quedan colgando de la percha, así como así, sin que nadie rinda cuentas ni nadie pague los platos rotos. Por si los confabulados del diálogo y sus comunicadores oficiales no se han enterado: en estos días, en estas semanas, en estos meses en que dichos partidos han bailado al ritmo del tambor de Miraflores y han seguido al flautista hasta Santo Domingo, han muerto muchos venezolanos por desnutrición, por hambre, por falta de medicinas, por el hampa desatada. Han muerto por causas que se suponía serían discutidas en Santo Domingo decenas de venezolanos. ¿Quién paga las urnas? ¿Los asesores? ¿Quién alimentará a los deudos? ¿Los secretarios generales? ¿Quién llevará el consuelo a esos hogares? ¿Sus primeras damas?

Vivimos tiempos en que la tenue línea divisoria que separa al crimen de la política es prácticamente inexistente. En los cuales los responsables evaden asumir las responsabilidades, porque copan todos los espacios del quehacer público sin pensar en otra cosa que en sacar provecho personal de las circunstancias. En sus mezquindades candidaturales, en sus ambiciones electoreras. ¿Quiénes son más culpables por las muertes y desgracias acaecidas en estos meses de mañoso e infructuoso diálogo: los dialogantes del gobierno, que lo promueven y escenifican, o los dialogantes de los partidos contrarios, que corren a su encuentro? 

Llegó la hora de comprender que de esta tragedia son igualmente culpables quienes tocan sus tambores como quienes bailan a sus compases. De este brutal agravamiento de la crisis son igualmente culpables quienes asesinaron a ciento cuarenta jóvenes como quienes se los metieron en el bolsillo para aparentar el diálogo y simular la paz. Quienes azuzan el crimen desde sus medios, como quienes azuzan la complicidad con la alharaca de sus fobias.

Es tiempo de culpar a los culpables. Es tiempo de asumir las culpas.