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Venezuela, Devastación y Complicidad | Por Antonio Sánchez García

¿Es posible la entronización de una tiranía hambreadora sin la aparente complicidad de sus élites? (Foto: Cristian Hernández @FortuneCris) 23/12/2017 4:30 PM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

“En un proceso de destrucción, los perpetradores no son los únicos que desempeñan una función; el proceso también lo modelan las víctimas. El «destino» está constituido por la interacción de perpetradores y víctimas.” Raul Hilberg, La destrucción de los judíos de Europa. Pág. 1193


Una de las enseñanzas más dolorosas que dejan las vivencias de una dictadura es que ellas serían imposibles sin la tolerancia, la complicidad, la colaboración e incluso la connivencia consciente o inconsciente, voluntaria o involuntaria de víctimas y victimarios, de oprimidos y opresores. Utilizo la clasificación del acucioso investigador de la tragedia del Holocausto, Raul Hilberg, sobre los protagonistas del hecho más bochornoso de la historia de la modernidad, divididos en perpetradores – los nazis y la sociedad alemana en su conjunto -, las víctimas – los judíos europeos – y los espectadores – la comunidad internacional.

Oculto en mi lugar de trabajo, un centro de investigación social de la Universidad de Chile, enclavado en una avenida próxima a un importante regimiento de infantería, el Buin, desde el cual podían escucharse los disparos de la fusilería asesinando izquierdistas, pudimos contemplar las banderas chilenas que izaba el vecindario en respaldo al crimen que se estaba cometiendo. No eran sectores de clase media alta: era el de la Avda. República un clásico reducto de la clase media de funcionarios, empleados públicos y particulares, incluso pobres, que formaban parte de ese aproximadamente sesenta por ciento de chilenos que celebraron la caída del gobierno de la Unidad Popular y la instauración de una junta de gobierno de los cuatro componentes de las Fuerzas Armadas al frente de una dictadura que se anunciaba feroz e implacable, ante el consenso de la mayoría ciudadana de un país que hasta entonces había sido ejemplarmente democrático. Y no estaba dispuesto, esa es la verdad, a dejarse arrebatar su forma de existencia, la demorcia liberal, por un sistema totalitario como aquel en que hubiera podido desembocar el gobierno de la Unidad Popular de verse superado por las fuerzas revolucionarias, como presagiaban todas las circunstancias.

Fueron los dos aspectos que más me conmovieron: el silencio y la aparente apatía de los sectores populares que hasta el día anterior al golpe se habían manifestado favorables al gobierno de Allende, comprensible dada la compacta brutalidad con la que la Junta le había declarado la guerra a muerte a las izquierdas y el riesgo inminente de perder la vida, como la perdieran los miles de izquierdistas, militantes o no, que tuvieran el infortunio de caer en manos de las fuerzas armadas. Pero tampoco hubo grandes expresiones de protesta y rechazo popular y masivo durante los diecisiete años de dictadura. Fue el propio Salvador Allende quien recomendó abstenerse de todo acto de resistencia ante la dictadura que hacía su aparición por primera vez en la historia de Chile. Ella terminaría sucumbiendo diecisiete años después, bajo su propia dinámica, una vez cumplidos sus objetivos y logradas las metas a las que aspiraban los sectores empresariales, económicos, políticos y sociales que la respaldaran. Incluida la entonces poderosa Democracia Cristiana, que de respaldar nacional e internacionalmente el golpe de Estado, pasaría posteriormente a encabezar la oposición política y presidir los dos primeros gobiernos de la transición democrática en las notables figuras de Patricio Aylwin y Eduardo Frei Ruiz Tagle. Innegable el sesgo institucionalista que tuvieron tanto el golpe, como el ejercicio dictatorial mismo. Innegable su salida de la escena en los términos de esa misma institucionalidad. En dicho sentido, la historia de estos hechos ha sido inmanente y consustancial al marco republicano chileno, el que jamás estuvo bajo cuestionamiento, sino, muy por el contrario, constituyó la obligada referencia de la vida civil y militar chilena. Por más grave que haya sido la crisis desatada a partir de la victoria de Salvador Allende y su derrocamiento por la dictadura militar, según los historiadores chilenos la más grave vivida por Chile en el siglo y medio de historia independiente, la naturaleza republicana de la sociedad y el Estado chilenos jamás sería puesta en cuestión. Es una de las fundamentales diferencias de dicha dictadura con la dictadura venezolana: la república jamás estuvo en cuestión ni muchísimo menos su devastación. La actual prosperidad de que hoy gozan los chilenos se asienta sobre la obra constructiva y modernizadora de la dictadura militar. 

Tampoco las dictaduras militares de Argentina, Uruguay y Brasil que sumieran a sus países por esos mismos años bajo la más feroz represión vivida en sus vidas, cuestionaron su esencia republicana. Sólo Cuba, y ahora Venezuela, han descendido al nivel de la automutilación histórica que la primera sufre desde hace sesenta años y Venezuela desde la entronización del castro chavismo imperante, particularmente desde los luctuosos sucesos de abril de 2002, cuando la República pasara al control de la tiranía cubana. Proceso consumado bajo las órdenes de los hermanos Castro a la muerte de Hugo Chávez y la entronización de su hombre en Caracas, Nicolás Maduro.

¿Es posible dicha consumación sin la tolerancia, la connivencia y la claudicación de las élites políticas, empresariales, académicas y mediáticas que llevan el control de las acciones opositoras del pueblo venezolano contra los desastres causados por la dictadura dominante? Estamos en medio de los sucesos, en la vorágine de una devastación cuyas causas y efectos aún nos son desconocidos, pero de cuyas dimensiones podemos tener exacta cuenta por sus terroríficas consecuencias. A pesar de que el balance de la devastación sigue pendiente, lo cierto y verdadero es que la inflación, el desabastecimiento, el hambre y la miseria son sus resultados más evidentes: Venezuela sufre uno de los procesos inflacionarios más desorbitados del planeta, la mortandad por desnutrición y enfermedades ya extinguidas aumenta a pasos agigantados, las penurias que sufre la población, particularmente sus sectores mayoritarios y más desvalidos, son terribles y sus perspectivas de empeoramiento son signos distintivos de la actual situación. Ante lo cual cabe la pregunta que motiva este artículo: ¿tienen conciencia plena los venezolanos de la crisis humanitaria que están viviendo? Y otra mucho más dramática y urgente: ¿actúan los venezolanos, particularmente los sectores que dicen representarlos políticamente y se manifiestan dispuestos a dialogar con los asesinos, sin importar las condiciones, plena conciencia de la tragedia? ¿Actúan en concordancia con la inmensa gravedad del desafío? ¿O su parsimonia y apatía, peor aún: su disposición a continuar dialogando con un régimen que ha irrespetados todas las negociaciones y conversatorios hasta ahora sostenidos manifiesta el cumplimiento de la norma ya señalada, según la cual también esta dictadura cuenta con el soterrado o abierto respaldo de sus víctimas propiciatorias?

Algún día se escribirá la historia de esta devastación. Y podrán juzgarse las acciones de sus perpetradores – el castrocomunismo con la complicidad protagónica de las fuerzas armadas -; las víctimas – un pueblo hundido en la peor crisis humanitaria de su historia –; y los espectadores – una oposición complaciente y una comunidad internacional que salvo casos ejemplares, como los del Secretario General de la OEA Luis Almagro, y algunos vicepresidentes que alzaron sus voces contra la tiranía, se han negado a intervenir abiertamente para desalojar al régimen y contribuir al restablecimiento de la institucionalidad democrática en Venezuela. Será una historia sórdida y dolorosa. Deberá ser escrita.