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Venezuela, estado de guerra | Por Antonio Sánchez García

El estado de guerra en el que estamos aún es primitivo (Foto: Vladimir Marcano) 10/07/2017 3:54 PM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

Por Antonio Sánchez García

En Twitter: @Sangarccs

“El país, trampa gigantesca, vivía recogido en si mismo, devorándose taciturnamente las entrañas, recomiéndose en la esterilidad de un régimen desprovisto de justificación.” Ramón José Velásquez, Enrique Bernardo Núñez.

Bellum Omnia Contra Omnes: la guerra de todos contra todos. La máxima de Thomas Hobbes que, según el gran pensador inglés, caracteriza el estado natural de las relaciones sociales entre los hombres, tal como lo describe en El Leviatán, su obra cumbre, habría determinado la necesidad de fundar y establecer el aparato de Estado, único poder omnipotente capaz de mantener esa tensión primigenia de máxima violencia dentro de los marcos tolerables de convivencia. Sobre la base del establecimiento de dos formas de organización política: la soberanía de institución y la de adquisición. La República establecida por consenso entre las partes, y la impuesta por la violencia del asalto por parte del vencedor de la eterna, permanente y fragorosa contienda.
Venezuela ha perdido, por el empuje del golpismo cívico militarista que descalabrara el frágil equilibrio de las instituciones establecido el 23 de enero de 1958, a partir del 4 de febrero de 1992, la república por institución. Y desencajado el consenso, con la ominosa complicidad de los sectores civiles que lo fundaran con el Pacto de Punto Fijo, ha comenzado una desesperada carrera de regreso al estado ante bellum, el que, según el mismo Hobbes, subyace a toda estabilidad institucional: el estado de guerra.
El estado se institucionaliza, como sucediera en la máxima jornada política del Siglo XX, por el miedo de vencidos y vencedores a una muerte violenta. Máximo argumento real de la política. Único temor que conmueve al tirano: sufrir el horror de una muerte violenta, como el cabillazo que pusiera fin a la tiranía de Gadaffi, la horca de Sadam Hussein, el despellejamiento de Mussolini, el destino final de Ceaușescu. La frase definitoria de la circunstancia la emitió el general Llovera Páez con la máxima lucidez posible, cuando instara a confesar la derrota, reconocer la victoria del enemigo – el pueblo en armas – e irse, por una sola razón: “el pescuezo no retoña”.
Lo que los factores enfrentados no han querido reconocer desde que se rompiera el celofán del falso entendimiento liberal democrático que, derrumbado, permitiera el asalto de las fuerzas castro comunistas venezolanas, el 11 de abril de 2002, es que ni entonces ni nunca desde entonces hubo un vencedor y un vencido. Venezuela lleva quince años en ese estado de guerra hobbesiano. 
La mejor definición de la situación existencial e institucional vivida desde la derrota parcial de Hugo Chávez la encuentro en un pasaje de la cuarta de las clases dictadas por Michel Foucault en el Collège de France, el 4 de febrero de 1976, publicadas bajo el título HAY QUE DEFENDER LA SOCIEDAD: “desde el momento en que los vencidos prefirieron la vida y la obediencia, con eso mismo reconstituyeron una soberanía” – drásticamente quebrantada por la sociedad civil con el concurso de las FANB, reconstituida por la traición de algunos de los protagonistas civiles y uniformados – “hicieron de sus vencedores sus representantes, volvieron a instalar un soberano en lugar de quien había sido abatido por la guerra. De modo que la derrota no funda una sociedad, esclavitud, servidumbre, de una manera brutal y al margen del derecho, sino que lo ocurrido en esa derrota, tras la batalla misma, tras la derrota misma, y en cierta forma independientemente de ella, es el miedo, la renuncia al miedo, la renuncia a los riesgos de la vida. Esto es lo que abre las puertas del orden de la soberanía y un régimen jurídico que es el poder absoluto. La voluntad de preferir la vida a la muerte: esto va a fundar la soberanía, una soberanía que es tan jurídica y legítima como la constituida según el modelo de la institución y el acuerdo mutuo.”
Más claro imposible: es el estatuto de soberanía impuesta por la voluntad y el miedo como ejes integradores. ¿No es la soberanía del terror impuesto en Cuba desde el 1 de enero de 1959? ¿No es la soberanía en que se basa la satrapía de Nicolás Maduro: gobernar por la voluntad, el miedo, el terror de Estado?
Es el estado de guerra en que nos encontramos: “La soberanía, en consecuencia, se constituye a partir de una forma radical de voluntad, forma que importa poco. Esta voluntad está ligada al miedo y la soberanía no se forma jamás desde arriba, es decir, por una decisión del más fuerte, el vencedor o los padres. Se forma siempre por abajo, por la voluntad de quienes tienen miedo…Ya se trate de un acuerdo, una batalla o una relación padres-hijos, de todos modos encontramos la misma serie: voluntad, miedo y soberanía.”
Pero aún no llegamos al meollo de la definición de lo que verdadera y realmente constituye el estado de guerra hobbesiano. Ella lo constituye el juego de representaciones en que el más poderoso reconoce su impotencia en someter al más débil. Y el más débil reconoce carecer del poder arrollador como para derrotar y vencer al más fuerte. El Estado de guerra es el frágil equilibrio de dos impotencias.
¿De qué depende el curso de este estado de guerra? “Del juego entre tres series de elementos. En primer lugar, representaciones calculadas: yo me imagino la fuerza del otro, me imagino que el otro se imagina mi fuerza, etcétera. Segundo, manifestaciones enfáticas y notorias de voluntad: uno pone de relieve que quiere la guerra y muestra que no renuncia a ella. Tercero, por último, se utilizan tácticas de intimidación entrecruzadas: temo tanto hacer la guerra que sólo estaría tranquilo si tú la temieras al menos tanto como yo e, incluso, en la medida de lo posible, un poco más. Lo cual quiere decir, en suma, que ese estado que Hobbes describe no es en absoluto un estado natural y brutal, en el que las fuerzas se enfrenten directamente; no estamos en el orden de las relaciones directas de fuerzas reales. Lo que choca, lo que se enfrenta, lo que se entrecruza, en el estado de guerra primitiva de Hobbes, no son las armas, no son los puños, no son unas fuerzas salvajes y desatadas. En la guerra primitiva de Hobbes no hay batallas, no hay sangre, no hay cadáveres. Hay representaciones, manifestaciones, signos, expresiones enfáticas, astutas, mentirosas; hay señuelos, voluntades que se disfrazan de lo contrario, inquietudes que se camuflan de certidumbres. Nos encontramos en el teatro de las representaciones intercambiadas, en una relación de temor que es una representación temporalmente indefinida; no estamos realmente en la guerra. Lo cual quiere decir, en definitiva, que el estado de salvajismo bestial, en que los individuos se devoran vivos unos a otros, no puede aparecer en ningún caso como la caracterización primordial del estado de guerra según Hobbes. Lo que caracteriza a ese Estado de Guerra es una especie de diplomacia infinita de rivalidades que son naturalmente igualitarias. No estamos en “la guerra”; estamos en lo que Hobbes llama precisamente ‘estado de guerra’. Hay un texto en que dice ‘La guerra no consiste únicamente en la batalla y combates concretos; sino en un espacio de tiempo – el estado de guerra – en que está suficientemente comprobada la voluntad de enfrentarse en batallas.”
¿Pasará Venezuela del "Estado de Guerra" a la "Guerra de Estado"?