Hoy --/--/----

Síguenos en nuestras redes sociales

Votar, solo votar y nada más que votar. Nuestra enfermedad congénita | Por Antonio Sánchez García

"¿Es posible que mujeres cultas y hombres sensatos aún consideren que estamos condenados a no hacer otra cosa que votar?" (Caricatura de @Emejotaart) 30/01/2018 10:00 AM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

La mayor definición de lo que es Venezuela la dio un hombre mortalmente serio, pues se enfrentaba, en la más definitoria de sus circunstancias a la más seria de nuestras ocupaciones: morirse. El sueño de su vida terminaba truncado y hecho pedazos por un país que no estaba a la altura de sus utópicos, patrióticos deseos y en el momento de tomar la única decisión sensata y seria, pues no había otras: capitular ante las victoriosas tropas españolas, se encontraba amenazado de ser fusilado por aquel en quien más confiara y en cuyas manos, por propia confesión de hacía tres meses, se había perdido la República, el joven coronel Simón Bolívar. El Generalísimo, de 62, el coronel, de 27 años. No halló otro comentario que decir lo que le bullía en el pecho desde que volviera a Venezuela, hacía un tormentoso año y media de inútiles combates: “Bochinche, todo es bochinche”. Es el capitulo más ominoso de la historia de Venezuela y de la gloriosa trayectoria de sus dos héroes fundacionales: la detención y entrega de Miranda a Monteverde a cambio de un pasaporte y su sobrevivencia. Unos lo justifican diciendo que fue el maquiavélico paso necesario para poder escaparse y retomar la lucha iniciando una guerra a muerte. Otros lo interpretan como el nadir del hombre más grande que haya parido Venezuela, la traición iniciática de su mejor hijo. No faltan los que se explican el cambio de Traidor a Libertador por la profunda indignación que le provocara el saqueo de sus bienes por Monteverde. Hasta entonces era el aristócrata más rico del país. Perdería todos sus bienes y su vida, profundamente arrepentido de haberle abierto los portones de la devastación a todo un continente, perdiendo “sus bienes positivos, sus bienes sensibles: entre tanto que en el día la ilusión se alimenta de quimeras; la esperanza, de lo futuro; atormentándose siempre el desengaño con realidades acerbas.” 

Nada cambiaría con los dos siglos transcurridos desde el postrer diagnóstico del Generalísimo y el polémico balance del Libertador: nada es serio, todo es bochinche. ¿Cómo explicarse si no el perpetuo carnaval con que se vive la más trágica de nuestras tragedias, los mortales efectos de la mayor bufonada de nuestra historia, la farsa bolivariana? ¿Cómo se explican las mortales imposturas de un teniente coronel que traicionó un sistema de vida en el que vivían, se sentían seguros e incluso conformes y felices millones de venezolanos? ¿Cómo se explica que esos millones traicionados y condenados a futuro a vegetar, si sobreviven, en una devastadora tiranía se refocilaran en el bochinche eligiéndolo y reeligiéndolo tantas veces como él lo quiso? ¿Cómo se explica la alcahuetería de todo un país que agradecía bonos por un puñado de dólares casi regalados mientras él y los suyos saqueaban miles de miles de millones de dólares de las arcas fiscales?

No existe otra explicación: no somos serios. Somos superficiales. ¿Cómo explicar que a los mismos mil días de un intento por imponer un régimen castrocomunista en Chile se alzaran unánimes las fuerzas armadas, bombardearan el palacio presidencial y el derrocado presidente prefiriera suicidarse antes que entregarse, en suprema demostración de su grandeza e indeleble compromiso moral con la vida y con su pueblo, mientras en Venezuela, en esos mismos mil días, se viviera la farsa de un golpe de Estado, la comedia bufa de la renuncia, el aguaje del generalato y la traición mayor de uno de los generales, hoy encarcelado, que negándoles a los venezolanos el derecho a cambiar su destino volvió a montar en el Poder a quien pretendía destruir a su Patria, como en efecto? 

Me entristece profundamente ver los patéticos estragos de quienes dialogan, asisten a las genuflexiones, se rinden, apaciguan y toleran, por ir a firmar su entrega certificada a las horcas de los verdugos de Venezuela. Y los lamentables resultados de sus miserables esfuerzos. Sin ver enfrente a un Churchill. A un Roosevelt, a un De Gaulle. Mediocridades, sólo mediocridades y nada más que mediocridades. 

Me confunde la unanimidad de los demócratas latinoamericanos que ponen el grito en el cielo ante una eventual intervención de los Estados Unidos. Mientras llevan quince años tolerando la devastadora intervención de los cubanos. Siguen aferrados a la utópica y engañosa esperanza de que los venezolanos cocinemos una tortilla sin romper los huevos. Y me entristece profundamente ver la insólita ceguera de quienes consideran que si no se vota, no quedan más alternativas.

¿Es posible que mujeres cultas y hombres sensatos aún consideren que estamos condenados a no hacer otra cosa que votar? ¿Y que crean que de no votar cierran la vía a la liberación? ¿No es inaudita ceguera de un aberrante cortoplacismo, de superficialidad y falta de grandeza? ¿Por qué la negativa a votar y dejar a los traidores y asesinos en la orfandad de su farsa no habría de tener impactantes consecuencias en la comunidad internacional? ¿Por qué no demostrarle al mundo que la decencia, en Venezuela, no vota porque el voto no elige? ¿Por qué no demostrarle al mundo que deben venir con urgencia en nuestro auxilio para salvarnos de la muerte? ¿Por qué, Dios mío, los venezolanos somos tan poco serios y tan superficiales? ¿Por qué votar, sólo votar y nada más que votar?