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Yo, el converso | Por Antonio Sánchez García

"Quien a los 20 años no sea revolucionario no tiene corazón, y quien a los 40 lo siga siendo, no tiene cabeza" (Foto: Derribo de una estatua de Lenin en Ucrania) 19/12/2017 4:30 PM

Antonio Sánchez García

Historiador y Filósofo de la Universidad de Chile y la Universidad Libre de Berlín Occidental. Docente en Chile, Venezuela y Alemania. Investigador del Max Planck Institut en Starnberg, Alemania. En twitter es @sangarccs

"Quien a los 20 años no sea revolucionario no tiene corazón, y quien a los 40 lo siga siendo, no tiene cabeza". Winston Churchill

He nacido y me he criado más que en una familia, en una tribu. Gobernada por un hombre recio, vertical, de intraficables principios, moralmente libre de toda mácula, políticamente comunista, así jamás militara en el Partido Comunista chileno. No lo necesitaba. De haberlo hecho hubiera contradicho sus instintos libertarios. ¿Verlo sometido a los dictados y ordenanzas del Comité Central presidido por Don Elías Lafertte? Como sus hermanos: pobres de solemnidad, contestatarios por naturaleza, rebeldes con causa. Incluso vagabundos por instinto, como el tío Perique, un clochard chileno con todos sus atributos: culto, inteligente, sabio, ebrio consuetudinario y zarrapastroso. De allí que en esa tribu, el alineamiento junto a las fuerzas populares y, en particular junto al comunismo – en casa se despreciaba a socialistas y radicales por su laxitud moral y su falta de honestidad administrativa y se odiaba a las derechas más allá de toda sana medida – fuera como un atributo de la naturaleza.

Mi padre, conocido en el gremio de taxistas santiaguinos, de cuyo sindicato fuera un destacado dirigente, como el “guatón Sánchez”, murió literalmente “con las botas puestas”. A los ochenta y cinco años, conduciendo su viejo y destartalado taxi, al que debía montarse con muletas, pues de toda una vida sentado frente al volante, casi setenta años,  se le habían atrofiado las caderas. Pasó esos años finales, sin ninguna necesidad material pero compelido por la vital necesidad de madrugar diariamente para limpiar su taxi y salir a trabajar, acarreando viejitas desde un supermercado próximo a su casa de la calle Exequiel Fernández, en Ñuñoa, a sus domicilios cercanos. Hasta que en medio de una de esas carreras un infarto masivo lo derribó desgajándole de cuajo sus raíces. Era un roble.

Mi pasantía por la universidad alemana durante los gloriosos años de la revolución del Mayo francés fortaleció y pulió esa herencia. Me hice marxista, el único de la familia, ninguno de cuyos miembros había leído siquiera la introducción al Manifiesto Comunista. Si la condición primaria para ser, votar y luchar por los comunistas y el comunismo hubiera exigido conocer la teoría del llamado “socialismo científico”, el comunismo se hubiera extinguido a poco de haber nacido. Las pulsiones que llevan a las convicciones que mueven a los comunistas, como por lo demás a todos los movimientos y partidos políticos, son, en principio y en sus raíces, ajenas a la razón y al conocimiento: son primariamente instintivas, propias de la naturaleza de cada quien y se corresponden perfectamente con la definición de lo político dada por el constitucionalista alemán Carl Schmitt: son resultado del encuadramiento, a veces incluso irracional, en el visceral enfrentamiento amigo-enemigo. Y caen bajo la dinámica de los enfrentamientos de esa segunda naturaleza que es lo social según la descripción de Thomas Hobbes en El Leviatán: bellum omnia contra omnes, la guerra de todos contra todos. Brecht, el más grande poeta y dramaturgo comunista alemán lo dijo en uno de sus espléndidos poemas: “la lluvia cae de arriba hacia abajo, y tú eres mi enemigo de clase”. Por más mediatizado filosófica, teórica, ideológicamente que haya sido el comunismo, se es comunista – o anticomunista, que viene a ser lo mismo – por rencor, por odio, incluso por amor. Que resultan de la práctica, no de la teoría. Y por el puesto que el destino nos haya impuesto al nacer: entre los miserables, los pobres, los acomodados o los ricos, esos “señoríos que van a dar a la mar, que es el morir”.

A pesar de los profundos cambios provocados por el desarrollo político, económico y social de los países más industrializados e incluso medianamente desarrollados como Chile – todos los cuales desmienten de la manera más categórica los apocalípticos pronósticos marxistas confinando al marxismo en el submundo de la superchería – aún existen las clases sociales, por mayor que sea la movilidad entre ellas. Mi familia chilena, por ejemplo, parte importante de la cual continúa siendo fanáticamente filo comunista, ha dejado de serlo por razones socioeconómicas: gran parte de ella disfruta de la prosperidad que ha bendecido a los chilenos desde los profundos cambios implementados por la dictadura de Augusto Pinochet, los sabios cambios asentados y fortalecidos por los veinte años de Concertación Nacional y los buenos años de gobierno de Sebastián Piñera y el segundo gobierno de Michelle Bachelet. Chile dejó de ser en este último medio siglo el campo de batalla entre izquierdas y derechas, ricos y pobres, patronos y obreros que fuera en tiempos de Salvador Allende. Y cualquier chileno, de cualquier clase, edad y condición, puede disfrutar de telefonía celular, navega por Internet, polemiza por Facebook, puede incluso aspirar a poseer un automóvil y se permite votar según le dictan sus aspiraciones y necesidades, tanto materiales como espirituales. Si mi tío Perique resucitara, se creería en Júpiter. La calle San Luis y el Barrio Independencia dejaron hace décadas de ser lo que fueran. Así arrastre tras suyo sus bolsones de miseria. Si bien hoy, esa miseria, acolchada por los progresos técnicos y la acción de gobiernos progresistas - ¿cuál no lo es? – se encuentre de retirada. ¿O haremos como que Guillier no reconoció su dura derrota y Michelle Bachelet no haya desayunado con Piñera? ¿O es que mis sobrinas nietas, orgullosas defensoras del Frente Amplio confunden a Francisco Chahuán y Andrés Allamand con el Marques Bulnes y a Alejandro Guillier con Mario Palestro?

Sin que suene a liviana justificación de vejestorios, y yo, tan solo a dos años de ingresar al exclusivo club de los octogenarios, con toda la carga justificatoria de mi propia experiencia, debo reconocer la cruel e inestimable verdad del apotegma de Winston Churchill: "Quien a los 20 años no sea revolucionario no tiene corazón, y quien a los 40 lo siga siendo, no tiene cabeza".

De modo que bienvenidas mis sobrinas menores de cuarenta años que continúan haciéndole honor al legado del bisabuelo, así nadie pueda imaginar lo que nos diría luego de haber sufrido 17 años de dictadura pinochetista, el derrumbe del Muro de Berlín, la implosión de la Unión Soviética, la aterradora devastación causada por el narcotraficante y corrupto socialismo del Siglo XXI en la Venezuela de dos de sus hijos y el desgraciado fracaso del comunismo en Cuba, en Corea del Norte y en el mundo entero. Como también dice el refrán: “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.