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Almirante Padilla: el héroe naval al que Bolívar fusiló por negro | Especial La Cabilla

El Almirante José Prudencio Padilla, por Carlos Choles Daza 24/07/2017 2:09 PM

Bolívar, el Libertador. Título que tenía Simón, el hijo de doña Concepción Palacios y Don Juan Vicente. Amos de varios valles, dueños de varias vidas a través de la esclavitud.

Simón, a quien Matea la esclava llamaba “mi amo Bolívar”, a pesar de ser amamantado por otra esclava también negra, de nombre Hipólita, tenía un problema con el color de piel. Eso lo mostraba él mismo en sus cartas y documentos, con la especial prevención hacia el término acaso acuñado por él mismo, la “pardocracia”, esa cosa horrible para un hombre de su clase. Imagínese, esos pardos, mayoritarios en el país, gobernando. No, que va.

Simón Bolívar, que a Haití fue a tener para pedir apoyo a la primera nación independiente de la América Latina, quedó espantado con esa cosa horrible que era unos negros mandando después de haber matado a todos los blancos. Para él, parece, el pardo en el poder significaba el cadáver de los blancos, debajo del piso del poder que se constituyera. No había manera, según se desprende de sus planteamientos, que pudiesen gobernar los pardos sin que eso significara la desgracia de los blancos.

José Prudencio Padilla, el negro de la partida. Negro, de verdad. Hijo del negro jamaiquino Andrés Padilla con la blanca pobre Josefa Lucía López, su piel resaltaba en las tripulaciones de las que formó parte, desde los 14 años. Una brillante carrera en altamar lo fue guiando a su destino que, desde la hiel de la derrota en Trafalgar como tripulación de la Armada Invencible de España, no fue otro que la gloria del 24 de julio de 1823, cuando en la Batalla del Lago de Maracaibo derrotó a la flota realista al mando de su archirrival de los mares, Francisco Tomás Morales, el último Capitán General de Venezuela, al que expulsa de Venezuela rumbo a Cuba, como condición para respetar su vida y la de sus soldados derrotados.

Terminada la guerra, termina el sueño. Así, Padilla entre sus conciudadanos volvió a ser el pardo con derechos de pardo. Su mala fortuna y fundamento de su sentencia mortal bolivariana, vendría quizás con la proclama reivindicativa que hiciera en 1824, titulada “Al respetable público de Cartagena”, cuyo fragmento más incendiario reproducimos a continuación:

“No es ésta la primera tentativa con que mis enemigos, los enemigos de mi clase, han tratado de desconceptuarme delante del gobierno, delante de mis conciudadanos, delante del mundo entero; ya se ve, yo no pertenezco a las antiguas familias, ni traigo mi origen de los Corteses, los Pizarros, ni de los feroces españoles que por sus atrocidades contra los desgraciados indios, su rapiña, su usura y su monopolio amontonaron riquezas con que compraron nuevos abuelos […] Ciudadanos, que sensible es en mi corazón contemplar que los sacrificios que he hecho por mi Patria, y que me han adquirido el alto rango que obtengo, sean el motivo del celo, de la rabia y del negro odio con que me miran esos hombres a quienes Colombia no debe sino traiciones e indiferencia, esos hombres que cada día y desvergonzadamente redoblan sus ataques y minan el santo edificio de la libertad y de la igualdad del pueblo, para levantar sobre sus ruinas el tablado de la ambición, y sustituir a las formas republicanas las de sus antiguos privilegios y la dominación exclusiva de una pequeña y miserable porción de familias sobre la gran mayoría de los pueblos”

Esto, fue más que suficiente para Bolívar, quien dio respuesta en carta a Santander, en 1825:

“(…) el espíritu que [Padilla] tiene con respecto al gobierno y al sistema (…) La igualdad legal no es bastante para el espíritu que tiene el pueblo, que quiere que haya igualdad absoluta (…) tanto en lo público como en lo doméstico; y después querrá la pardocracia, que es la inclinación natural y única, para exterminio después de la clase privilegiada. Esto requiere, digo, grandes medidas, que no me cansaré de recomendar”.

Lo demás, fue chisme e intriga entre generales de la independencia. A Mariano Montilla, por ejemplo, se le descubren las malas intenciones contra Padilla en varias cartas a Bolívar. 

Lo reseña así Gustavo Tatis Guerra:

“El 1 de abril de 1828 la tragedia tocó a su puerta. Acusado de propiciar una guerra racial en Cartagena, fue detenido y encarcelado en Bogotá. Luego, en la noche del atentado a Simón Bolívar, el 25 de septiembre, algunos de los conspiradores  irrumpieron armados a la celda de José Padilla, asesinaron a su guardia, le entregaron su espada y emprendieron la huida. Implicado en un crimen y en una conspiración de la que no participó, Padilla decidió entregarse a la justicia, pero la perversión y la intriga política que aún no cesan, lo señaló  como el artífice de todo. Fue juzgado de manera apresurada, sin comprobación de los hechos y sentenciado a muerte. El 2 de octubre perdió sus insignias militares y fusilado”.

Un detalle: Padilla pidió clemencia al ya Presidente Bolívar. Mismo recurso logrado con éxito por Francisco de Paula Santander. La respuesta de Bolívar en el caso de Padilla fue elocuente: ratificó la pena de muerte al Almirante diciendo, además “Se han equivocado porque no es solamente el  fusilamiento, sino ahorcar el cuerpo después de muerto.

Padilla fue fusilado por negro, Santander fue salvado por blanco. Bolívar lo reconoce, en carta a José Antonio Páez donde también recuerda el suplicio de otro pardo de su paredón personal, Manuel Carlos Piar: 

“Ya estoy arrepentido de la muerte de Piar, de Padilla y de los demás que han perecido por la misma causa; en adelante no habrá justicia para castigar al más atroz asesino, porque la vida de Santander es el perdón de las impunidades más escandalosas […]. Lo que más me atormenta todavía es el justo clamor con que se quejarán los de la clase de Piar y Padilla. Dirán con sobrada justicia que yo no he sido débil sino en favor de ese infame blanco [Santander], que no tenía los servicios de aquellos famosos servidores de la patria. Esto me desespera, de modo que no se qué hacerme”

A confesión mantuana, relevo de pruebas pardas.

(Sobre la vida del Almirante José Prudencio Padilla, recomendamos ampliamente revisar lo escrito por la que puede ser considerada la mayor experta en el héroe naval, Aline Helg. Uno de esos materiales, aquí: El general José Padilla: un itinerario militar y político en la construcción de la Nueva Granada independiente)