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Tareck El Trumpeado | Por Aura Palermo y Federico Boccanera

Trump sonríe, Tareck se preocupa. 03/12/2017 10:00 AM

Equipo Cabilla

El Equipo Cabilla realiza trabajos especiales, de investigación y análisis.

Artículo publicado originalmente, el 21 de febrero de 2017, en la anterior página de La Cabilla.

Hoy amanecimos con la noticia de las sanciones del departamento del tesoro de los EE. UU. contra el vicepresidente de Venezuela, Tareck El Aissami, por su supuesta participación en operaciones internacionales ligadas al narcotráfico.

Desde luego, solo un tonto de capirote podría circunscribirse en clasificar esta acción del gobierno estadounidense, como una mera medida contra un narcotraficante internacional. En realidad, se trata de apuntar a un personaje cuya peligrosidad va mucho más allá, de estar involucrado en esta particular actividad ilícita.

Tareck El Aissami se encuentra en el centro no solo del poder político en Venezuela, porque es él, el que va a dirigir realmente toda la ofensiva próxima del régimen de Maduro contra la sociedad venezolana, pero El Aissami también es uno de los dirigentes más importantes de una operación internacional a gran escala, dedicada sí al narcotráfico y al lavado de capitales, pero operación indisolublemente asociada con el terrorismo, y por lo tanto, y tratándose del personaje en cuestión, y del régimen al cual se encuentra ligado, indisolublemente asociada con el expansionismo castrista, y por los momentos nos detendremos aquí para no ir más allá, en las implicaciones que dichas operaciones tienen, con el extremismo islámico.

Tareck El Aissami es la personificación acabada de un poder complejo, cuya base está en La Habana y quisiéramos adentrarnos en una breve digresión, para establecer el marco histórico que rodea a este personaje.

Hay que refrescarle al público que el régimen castrista se asoció -léase bien, pues no se trata de meros nexos- se ASOCIÓ con el narcotráfico colombiano/mexicano en los años ochenta, y ciertos eventos, como el trascendental episodio del juicio y fusilamiento del general Arnaldo Ochoa y de Tony de la Guardia, no fue otra cosa que una suerte de reacomodo societario, algo así como una “reestructuración gerencial”.

Qué casualidad por cierto que en 1989, el año de la caída del muro de Berlín, fuese también el de la caída del general Ochoa y los hermanos La Guardia, y que unos meses antes, Fidel Castro acudiese como invitado estrella, a la toma de posesión del presidente electo Carlos Andrés Pérez -CAP- y que pocos días después, ocurriese el famoso estallido social conocido como “el sacudón”, acto con el cual comenzará a gestarse en Venezuela, el derrocamiento del mismo CAP, disfrazado de destitución por vía institucional.

La asociación de Fidel Castro con el narcotráfico, es una clave importante de su supervivencia más allá de la caída de la Unión Soviética, y es una de las claves de su inagotable influencia política.

Esa influencia “simpática” y persistente, inexplicable para muchos, que ejerce Castro sobre el perfecto idiota latinoamericano y europeo, no es solo carismática/totémica. Castro manejaba una trama de poder, gracias a su sociedad con el narcotráfico/narcolavado, que le permitió ejercer poderosa influencia indirecta, sobre el ámbito político, militar, mediático, cultural y académico de Iberoamérica, especialmente sobre sus élites.

Para nadie es un secreto que el general Ochoa, estaba vinculándose con Pablo Escobar, y que uno de los objetivos de este general en África, era establecer en ese continente bases para una operación de narcotráfico internacional, y toca decir que eso tuvo una continuidad más allá del general fusilado, para muestra, relacionen este hecho pasado con lo que actualmente trama Venezuela, con un país tan “ejemplar” como Guinea Bissau.

Al mismo tiempo, Tony La Guardia tenía una operación de narcotráfico con EE.UU., más específicamente, de tráfico de lanchas rápidas entre Cuba y los cayos de la Florida, y esta operación tampoco se interrumpió, ocurrió solo un “cambio de gerencia”, pero no se acabó.

Ahora volviendo a Tareck El Aissami, y nos disculpan este rodeo introductorio necesario para poder establecer ciertas conexiones, Tareck ahora se encuentra al frente de toda una operación de narcoterrorismo y narcolavado por designación especial del finado Fidel Castro, el ejecutor del “cambio gerencial” antes descrito. De hecho, cuando Hugo Chávez fue desahuciado por motivo de su enfermedad terminal, Fidel y Raúl procederán a designar a los herederos, y estos herederos no son otros que Nicolás Maduro y Tareck El Aissami.

Hoy en día, y ya ungido por Castro y Chávez, El Aissami se encuentra al frente de una operación compleja que, dejando de lado sus nexos con Hezbolá, con Irán, con el terrorismo chiíta -porque El Aissami con quien está es con el bando chiíta, no con el bando sunita, no con ISIS para poner un ejemplo- dejando de lado momentáneamente este asunto, hay que recalcar que El Aissami dirige operaciones de lavado en Miami y otros lugares de EE.UU. y está relacionado, más bien aliado, con carteles mexicanos del narcotráfico.

Se olvida pronto que “el muro de Trump” más que un muro entre Estados Unidos y México, es un muro entre Estados Unidos y ese norte de México que, el estado fallido mejicano ha entregado en manos de los carteles de la droga.

El Aissami es la cabeza visible no solo de un estado, sino de una operación global, que amenaza a todo el hemisferio, y este personaje es el producto refinado de un proceso de capacitación que abarca toda su vida, desde su juventud tanto militar como universitaria, donde tempranamente es captado por lo que luego sería el chavismo, y que culmina en la actualidad con su cargo en la vicepresidencia, pasos en donde debemos subrayar por ejemplo, que en 2004 El Aissami es promovido como el primer jefe de la “misión identidad”, la institución del estado chavista que ha sido acusada internacionalmente, de proporcionarle documentos de identificación venezolanos, cédulas de identidad y pasaportes, a extremistas del medio oriente.

El paso dado por la administración Trump es coherente y certero en contra de este personaje, que concentra todo el poder necesario -y todo el odio necesario- para dirigir, no solo la arremetida final contra la sociedad venezolana (y decimos la sociedad, porque el estado ya es de ellos) sino la arremetida hemisférica contra países no solo iberoamericanos, ya que Estados Unidos también se encuentra en la mira.

La oportunidad para la conspiración se presenta perfecta, porque aprovechará la guerra del establecimiento estadounidense contra Donald Trump, para que sirva a propósitos que van más allá de atacar y demoler a Trump y su administración, y eventualmente desalojarlo del poder, aquí dentro de lo que podríamos llamar una “complejidad local”, no solo asistimos a una reacción del establecimiento enquistado en Washington, en los medios, en las universidades y ciertas industrias, que se sienten amenazadas directamente por Trump, sino que nos encontramos ante una escalada ofensiva de la izquierda continental, del progresismo internacional, aliado con poderes globales, muchos de ellos de matriz islámica o que le deben su existencia al financiamiento islámico, ofensiva aliada a su vez con poderes más o menos visibles, como la constelación de organizaciones, fundaciones y operadores sociales, políticos y económicos, que giran en torno a un personaje tan siniestro como el magnate George Soros, pero bueno, ese también es otro tema.

Lamentablemente, muchas justificadas antipatías que levanta el personaje Trump, impedirán a muchos procesar la información realmente relevante, y comprender el problema global con todas sus implicaciones, e impedirá que se den las alineaciones necesarias en la formación de opinión, y en la concientización de las sociedades bajo riesgo, para enfrentar en el plano político y mediático la amenaza que se cierne contra el continente americano, de norte a sur, y contra Europa, en otras palabras, contra occidente, y una vez más, la mayoría de intelectuales, analistas y “expertos”, se mirarán el ombligo y visceralmente, o interesadamente, no lograran orientar ni guiar a la opinión pública, hacia otro lugar que no sea la antesala al desastre, tal como ocurrió, localmente, con Venezuela.