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#EspecialCabilla Pugna sorda del chavismo (II): El sobreviviente Diosdado

Foto: Cristian Hernández 21/02/2018 7:31 AM

Equipo Cabilla

El Equipo Cabilla realiza trabajos especiales, de investigación y análisis.

De forma inicialmente propagandística, pero en el fondo haciendo la debida vinculación política, la agonía de Chávez fue aprovechada por el liderazgo oficialista para asumirse como parte del conjunto con la denominación de “hijos de Chávez”. Así, hijos de Chávez eran Maduro pero también Diosdado o cualquier otro que hubiese compartido en vida con el agónico, luego difunto.

Unos son más hijos que otros, obviamente. Rosa Virginia, la mayor, esposa del hoy Canciller Arreaza, discreta en su aparición pública, su voz el país no la conoce. María Gabriela, la activista del grupo, es noticia desde que en los días aciagos de abril de 2002 hablara por la televisión cubana denunciando el “secuestro” de su papá, aunque luego fueron sus avatares amorosos y vínculos empresariales los que dieron que hablar de ella. De Hugo Jr., hasta la familia prefiere callar. Rosinés, ida del país, es como una réplica de la Mona Lisa en un rincón de la casa, una cosa anónima que importa, pero no mucho. De la otra hija, producto de su amorío con una aeromoza del avión presidencial y a quien viésemos hace poco con el uniforme escolar cubano, poco se sabe y se sabrá.

Esos son los hijos reales. Todos los demás son bastardos, en mayor o menor medida. Están los hijos del MBR-200, militares todos y de suerte difusa, donde quizás el “primus interpares” que aún sobrevive es Diosdado Cabello. Del resto de hijos, entendiéndose discípulos o subalternos y no iguales en rango como podrían serlo Baduel, Arias, Urdaneta o Acosta Chrinos, queda poco. Blanco La Cruz, Florencio Porras, Antonio Rojas Suárez, Jesse Chacón, Hernández Behrens, Rodríguez Torres, todos desaparecieron del escenario donde inicialmente tuvieron papel más o menos preponderante. Pero ninguno sobrevivió a Chávez, muchos estaban ya caídos del altar cuando el “padre” abandonó este plano.

Único en su clase.

He ahí entonces la primera distinción necesaria con Diosdado Cabello: sobrevivió a la degollina, a la molienda de todos estos años. A pesar de que su suerte electoral fue esquiva cuando le tocó medirse solo, Chávez siempre lo rescató. Sus hermanos de generación Florencio Porras y Blanco La Cruz lograron ser constituyentes y de ahí saltar a la gobernación de Mérida y Táchira, respectivamente. Diosdado no fue constituyente en 1999, dedicado como estaba a ser el director de la Comisión Nacional de Comunicaciones, organismo que llevó de institución netamente técnica a órgano incipiente de censura y regulación más allá de lo técnico, apuntando hacia los contenidos de los medios. De allí, salió al Ministerio de la Secretaría de la Presidencia, donde en ascenso meteórico pasa a sustituir a Adina Bastidas en la Vicepresidencia de la República, en medio del escándalo nacional ante la aprobación, vía habilitante, de las 49 leyes que acabarían con la paz de la que disfrutaba el chavismo hasta ese día: se despertó una oposición que tomó la calle y dio al traste con Chávez, por horas. Del Paro Nacional a los pronunciamientos militares, de allí al “Carmonazo” que despertó otra vez al ala militar chavista que impuso primero al Vicepresidente Diosdado como presidente interino y se trajo de regreso a Chávez.

Es evidente: Diosdado estaba en el lugar indicado, en el momento indicado. Aún está cobrando esa buena ubicación.

Sin embargo, haber tenido un papel preponderante en abril de 2002 no es patente de corso eterna. Pueden decirlo Raúl Baduel, Ismael García, Isaías Rodríguez y tantos otros caídos de la cumbre.

¿Por qué Diosdado lo logró? ¿Cómo lo hizo? Es un misterio para el común de los mortales. Al regreso de Chávez el 13 de abril, una tímida movida sacó a elementos controversiales del gabinete, por un rato. Diosdado deja la vicepresidencia al hasta entonces ministro de la Defensa José Vicente Rangel. Le toca al monaguense sustituir al malogrado Rodríguez Chacín en el ministerio de Interior y Justicia. Esta silla la cedería pronto para que la usara Lucas Rincón, otro extraño personaje del cual todos estamos seguros que tiene un secreto guardado que le sirve de salvoconducto eterno.

Llegaría finalmente la ubicación ministerial desde la cual conoceríamos al Diosdado del futuro: el Ministerio de Infraestructura. Allí, se atrincheraría junto a sus más fieles por cerca de un año, en el que posicionó en los principales entes adscritos al despacho a varios de los que serían luego prósperos empresarios. Contratos en vialidad, aeropuertos, radares, telecomunicaciones, transporte, aerolíneas, construcción de viviendas y obras faraónicas. La entrada de Odebrecht a Venezuela tuvo a Diosdado como portero, desde ese cargo, que abandonaría luego de un año para aspirar por primera vez a un cargo de elección popular: nada más y nada menos que la Gobernación de Miranda, que disputaría al casi invencible opositor Enrique Mendoza.

Un río crecido

El Gobernador Diosdado llegó a gobernar desde Los Teques con el lema de campaña “un río crecido”. Lo ayudaron a vencer dos circunstancias favorables: primero, la derrota de la oposición en el revocatorio contra Chávez unos meses antes, con la consabida desmovilización del electorado opositor, descreído del sistema electoral tramposo recién estrenado. El segundo factor fue el desgaste absoluto de la figura de su contrincante, que se convirtió en el emblema de la derrota en el revocatorio por el posicionamiento que hasta entonces tenía no solo dirigiendo a la oposición sino perfilándose como “presidenciable”. El rio crecido se llevó por el medio a Enrique Mendoza.

Llegaba así Diosdado a un cargo ejecutivo propio, ganado en las urnas. Cuatro años de gestión que no lograría revalidar: en 2008 pierde las elecciones contra Henrique Capriles, en una humillación electoral de la cual no se recuperaría jamás.

Ese mismo 2008 el primer Congreso del PSUV vio otra derrota electoral de Diosdado: no logró los votos para estar en la directiva. Y Chávez lo vuelve a rescatar, imponiéndolo como Primer Vicepresidente del partido. Difícil superviviencia, pero lo logra. Ese sería el annus horribilis de su generación. Los “hijos de Chávez” más destacados, serían despedidos de sus cargos de elección por el rechazo popular o por obra y gracia del “Espíritu Smartmatic”. Blanco La Cruz debió cederle la gobernación del Táchira al opositor César Pérez Vivas. Florencio Porras debió dejar la gobernación de Mérida a uno de sus compañeros de partido, impuesto directamente por Chávez sin que se contara con su opinión. Rojas Suárez ya había sido eyectado de la gobernación de Bolívar, a la cual aspiró volver, vestido ahora de opositor amarillo. Todos, incluso Diosdado, parecieron acabados.

Pero Chávez lo rescata, una vez más. Se lo trae al gabinete a su cargo favorito. Ministerio de Obras Públicas, luego de Vivienda. Allí crecería aún más el entorno económico de Diosdado, con empresas que extrañamente empezaron a ser beneficiadas con contratos y concesiones sin licitación. Empresarios alrededor de Diosdado. Funcionarios de su confianza controlando organismos y direcciones de finanzas. Y por supuesto, los rumores sobre el enriquecimiento ilícito, crecieron exponencialmente.

De allí, en 2010, saltaría al ruedo electoral de nuevo, blindado económicamente y con otra imagen pública. Pasó a ser, en el imaginario popular, el emblema de la corrupción chavista. El fundador de la boliburguesía. El link entre los corruptos civiles y los corruptos militares. El jefe de una casta donde se anudaban con dinero intereses empresariales disímiles, donde ser chavista u opositor no parecía importar.

Tribuna y tribunal

Con todo eso a cuestas, llegó en 2011 a la presidencia de la Asamblea Nacional. Allí estaría el resto de la legislatura. Sin duda, el período más nefasto de la historia parlamentaria nacional lo tendría como protagonista y dueño del escenario, del que solo saldría tras la muerte de Chávez, en las elecciones parlamentarias del 2015 que el chavismo perdería contra la MUD. Desde su simple curul de diputado, le tocaría ver la entronización de Henry Ramos Allup como presidente del parlamento, las iniciativas de diputados que lo acusaban y señalaban sin que pudiera mandarlos a callar o cortarles el sonido con una simple seña, como hizo en los tiempos de su gestión.

Quizás por eso se mudó del estrado presidencial del Hemiciclo a la tribuna televisiva de VTV. Desde allí, “Con el mazo dando” se convertiría en paredón, cadalso y púlpito a la vez. Desde allí acusaría, señalaría y ordenaría acciones contra tirios y troyanos. A la postre, abandonaría su rol parlamentario, privilegiando el de comunicador y jefe de partido en actos públicos. Con mejores dotes en escenario que Maduro, tiene la facilidad del insulto mordaz que hace reír incluso a los aludidos. La creatividad de su maldad se hace verbo en cada intervención. Pero eso no basta para sobrevivir eternamente o, quizás, eso mismo puede ser su perdición.

Mostró orgulloso a su familia. A su hija la hizo artista y a su esposa, ministra. Fotos de familia, como padre y esposo amoroso, salieron a suavizar su imagen pública de hombre fuerte, del malo de la película. Como si de repente, el villano del filme le dijera al espectador “Mírame. A final de cuentas, soy un padre de familia”.

Se convoca la Constituyente y Diosdado se presenta a competir. Gana su puesto, y contra todo pronóstico, no se le coloca a la cabeza de la misma. Ni siquiera entra en la directiva. En el momento en el que hablamos, Diosdado Cabello sobrevive como jefe del PSUV, conductor de un programa de TV y constituyente raso. Pero ¿Dónde está su poder hoy? ¿Dónde reside el poder de Diosdado, si es que acaso lo conserva? ¿Está caído y solo vemos su celaje?

El hecho es que aún sobrevive. En ningún tribunal de EEUU hay acciones firmes en su contra por todos los señalamientos que se le hacen por corrupción y narcotráfico. Solo sospechas, afirmaciones en trabajos periodísticos. Pero ni una certeza.

Al parecer, fuera de Venezuela también podría sobrevivir. Pero sigue la duda ¿Cómo y por qué sobrevive cuando todos los demás han caído?

La novela aún no termina.